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Al Fondo de la historia

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 24 MAY 2018

El regreso del Fondo Monetario Internacional, nos obliga a mirarlo en perspectiva histórica para comprender cuán lejos están los objetivos del bienestar general con las políticas del capitalismo neoliberal.

Quienes leemos, estudiamos y entendemos la historia desde lo científico, sabemos que nunca han habido dos hechos iguales. La propia dinámica socio-cultural, política, económica e ideológica no lo habilitaría. No cabría pensar en acciones iguales por parte de actores diferentes.

Pero que no existan hechos iguales, no quita las similitudes existentes en diferentes períodos históricos.

Tomemos un caso ejemplificador para el fin de esta nota: el colonialismo.

El colonialismo de fines del siglo XV y el siglo XVI, no fue el mismo que el del siglo XIX. Mientras que el primero se impuso sobre las sociedades indígenas de América en pleno proceso de fin de la llamada Edad Media y comienzo de la Edad Moderna, y fue impulsado principalmente por españoles y portugueses, el segundo se impuso fuertemente sobre India, Australia y África (este último continente, explorado y explotado también desde el siglo XVI por los portugueses), y fue impulsado principalmente por Gran Bretaña, Francia, Alemania y Holanda, en pleno auge de la Segunda Revolución Industrial.

Pero, si bien no es el mismo colonialismo, sí implicó una serie de prácticas similares que se repitieron y probablemente se repetirán si se dan futuros procesos coloniales (esperemos que no): esto es, un país hegemónico, que se expande territorialmente mediante un tipo determinado de imperialismo y que conlleva el sometimiento de la población nativa, mediante la imposición política, cultural, social, económica y religiosa, acarreando el saqueo de los recursos del lugar, el sometimiento de los locales a prácticas culturales y religiosas extrañas, la destrucción del sistema político existente y su reemplazo por uno ajeno, entre muchas otras “felices” prácticas que los europeos “civilizados” ejercieron.

Con el Fondo Monetario Internacional pasa lo mismo.

El fondo, a la derecha

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se reconfiguró. Gran Bretaña, cuya moneda la libra esterlina había sido la hegemónica de las transacciones mundiales, comenzó a perder peso (un proceso que en realidad había empezado mucho antes) y el mundo capitalista financiero se reordenó definitivamente hacia los Estados Unidos.

En ese reordenamiento, que incluyó la necesaria reconstrucción de Europa por parte del capitalismo como forma de enfrentar al mundo socialista creado alrededor de la URSS, se fueron perfilando las grandes organizaciones financieras internacionales.

Así, luego del golpe a Perón en 1955, el país entra de lleno con su adhesión al Fondo Monetario Internacional, al Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (BIRD), y al Club de París.

La reconfiguración del mundo aceleró el proceso de consolidación de un capitalismo financiero que se mostraría voraz frente a todos los pueblos, pero principalmente ante los pueblos del sur del mundo.

Sin intentar realizar un exhaustivo y detallado análisis de la historia económica del país y su relación con el Fondo Monetario, quisiera resaltar brevemente una serie de situaciones similares que, independientemente del país donde se impongan, son condiciones necesarias para la toma de créditos del FMI por parte de los Estados.

Empecemos con el atroz Golpe de Estado de 1976, el cual no solo atacaría a la democracia con la fuerza y el genocidio mediante el secuestro, tortura y asesinato de personas, sino que también se la atacaría mediante lo económico. La represión dio lugar a la implementación de un plan económico que mediante el mercado libre controló también el conflicto social.

El plan de José Martínez de Hoz implicó primeramente el ataque a los salarios mediante el congelamiento, para luego pasar a las transformaciones estructurales que exigía el capitalismo salvaje.

El FMI habilitó diferentes préstamos y la dictadura procedió a cumplir los mandatos para obtenerlos: des-regulación de la inversión extranjera, eliminación de los subsidios a las exportaciones,  reducción de los aranceles a las importaciones, aumento de tarifas e impuestos, y reducción del personal del Estado.

La Reforma Financiera aprobada desde 1977 otorgó a este sector privado una posición hegemónica a través de la disminución del Estado, con la consecuente transferencia de recursos desde la industria nacional hacia las actividades financieras extranjeras.

A la liberación de los movimientos de capitales con el exterior, le siguió una gran apertura comercial, para “cerrar” el proceso con la imposición de la “tablita”, que devaluó el valor del peso de forma creciente y sostenida.

En 1982, ante la inminente crisis de los militares, Domingo Cavallo, por entonces presidente del Banco Central, estatizó la deuda privada, que ascendía a un total de 14.000 millones de dólares. De esta forma, el Estado se hizo cargo de los activos que debían a los acreedores extranjeros los grupos económicos que se habían beneficiado con los préstamos solicitados. Entre esos grupos, se encontraba la Sociedad Anónima SOCMA, fundada y liderada por el grupo Macri.

La llegada de la democracia recibió un país en recesión, una desocupación creciente, una alta tasa de inflación (¡más del 400%!) y una deuda externa que equivalía al 70% del PBI. Si en el comienzo del período militar la deuda ascendía a 8.900 millones de dólares aproximadamente, al término de esta Alfonsín recibió una deuda de 45.000 millones (1), a lo que se le sumaba la carencia de reservas internacionales con la cual hacer frente a la enorme presión financiera.

El endeudamiento externo representaba cinco veces las exportaciones anuales.

El gobierno radical, a pesar de iniciar gestiones progresistas donde el Estado volvía a intervenir cada vez más para contener la situación, no podrá hacer frente a la inflación, a las presiones de los monopolios económicos y al déficit fiscal, a la vez que debía batallar con los sindicatos por un lado y los organismos internacionales por el otro. La respuesta a las demandas del pago de la deuda por parte de los acreedores externos implicó el saneamiento y el ajuste, lo que conllevó la depreciación del salario, la suba de las tarifas públicas, y la corrección del tipo de cambio, con el fin de obtener por parte del FMI un acuerdo Stand By, que a pesar de ser obtenido no pudo solucionar los conflictos persistentes.

Hacia 1985 Alfonsín pondrá en marcha el Plan Austral, que implicó un fuerte ajuste, “aún mayor que el solicitado por el FMI”(2). Sin embargo, los resultados a corto plazo pronto se volvieron insuficientes, originándose el llamado Plan Primavera que tampoco podrá solucionar la situación existente.

Porque gané, cambié

El peronismo que asumió el poder de la mano de Carlos Menem, recibirá el gobierno con una gran crisis financiera marcada fundamentalmente por la hiperinflación.

El régimen de acumulación del capital financiero iniciado en 1977, daba muestras de agotamiento, en un proceso que hasta 1989 había mostrado un increíble traspaso de recursos hacia los sectores más concentrados de la economía.

El gobierno justicialista actuó “adaptando sus políticas económicas a los intereses de los acreedores externos y de los grandes conglomerados locales y extranjeros”(3).

La privatización compulsiva acompañó el proceso de deterioro del Estado como garante de derechos, y los acreedores externos recuperaron en forma de activos parte de las deudas que el Estado tenía con ellos mediante la adquisición de las empresas del Estado, conformándose cada vez más un mercado oligopólico.

Dos leyes se habían aprobado para consolidar el proceso neoliberal: la Ley de Emergencia Económica, y la Ley de Reforma del Estado. Esta última destinada a autorizar la privatización de las empresas, la venta de bienes inmuebles, el fin de los subsidios, la liberalización de las inversiones extranjeras, el incremento de las tarifas públicas, entre otras acciones.

En 1991 el Plan de Convertibilidad de Domingo Cavallo, acelerará el proceso privatizador, descentralizando las funciones del Estado, flexibilizando el mercado laboral, liberalizando aún más la economía y generando la apertura comercial y financiera.

El éxito del plan dependía necesariamente de la renegociación de la deuda externa, que se reestructurará en 1992.

En el período que va de 1991 a 1999, la deuda pública terminaría incrementándose en un 71%.

La sobrevaluación del peso mediante el plan de convertibilidad, producía que los productos importados fueran baratos, mientras que los productos argentinos eran caros para los extranjeros. De esta forma, ante la falta de superávit comercial por este desbalance, se sostuvo la paridad cambiaria (1 dólar = 1 peso) mediante el endeudamiento externo.

El final del gobierno de Carlos Menem dejaría una deuda que ascendía a 146.000 millones de dólares (4).

El nuevo gobierno que asumirá en 1999 de la mano de De la Rúa, tratará de solucionar el descalabro económico sin tocar la convertibilidad. Sin embargo en el 2001 la situación se aceleraría por la presión que los acreedores internacionales producían para que el Estado pagara las deudas que se vencían, llevando al gobierno a la negociación con el FMI (y otras entidades) del conocido Blindaje Económico por 40.000 millones de dólares.

Pero este, no venía gratis.

El dinero tomado en esta operación económica se utilizaría para pagar los créditos asumidos con anterioridad, lo que para el FMI desataría una “lluvia de inversiones” ante la certeza de que el país cumpliría con los pagos a tiempo.

Mientras el espejismo se proyectaba, la toma del Blindaje requería una serie de exigencias: la reforma previsional (nuevamente el ataque a la ancianidad), la racionalización del Estado (lo que implicaba su achicamiento), el congelamiento y reducción del gasto público, la reestructuración del ANSES y el PAMI, la baja a los salarios, etc.

El Blindaje trataba de evitar el Default del país pero, en vez de cargar el peso sobre los grandes grupos económicos (que en definitiva son los únicos beneficiados por las políticas del capitalismo financiero), se hizo sobre la espalda del pueblo trabajador.

Finalmente la operación económica no resultaría al verse el país en la imposible situación de cumplir con las metas del gasto público y el déficit fiscal, peligrando también la renovación de las letras del tesoro que vencían en el trágico año 2001. Los rumores desatados de Default generaron una fuga de capitales por casi 6.000 millones de dólares.

De la Rúa en un intento desesperado, dará el cargo de ministro de economía a la mano negra de la economía argentina: Domingo Cavallo, quien a través del Megacanje produciría el aumento del endeudamiento externo.

El Megacanje consistía en canjear la deuda externa existente (que no se podía pagar) por una aún mayor, pero que permitiera el pago en un plazo más largo de tiempo.

David Mulford, ex-secretario del Tesoro de los Estados Unidos, que trabajaba en ese momento en el banco Credit Suisse First Boston, fue quien había realizado la propuesta, tomada con beneplácito por Cavallo y su Secretario de Política Económica, Federico Sturzenegger.

La operación significó para el país una estafa valuada en 55.000 millones de dólares.

El fin del gobierno de De la Rúa vino con el estallido popular y social, y una deuda que ascendía a más de 180.000 millones de dólares.

El Fondo de ahora, es el mismo de antes

Traer como ejemplo al principio de este texto al colonialismo no fue casual. Estamos ante un nuevo (y no tan nuevo) tipo de colonización: la de los Estados y las democracias por parte del disciplinamiento salvaje mediante el capital y el mercado.

Últimamente se ha escuchado reiteradas veces por parte de los medios hegemónicos de comunicación, que “el Fondo de ahora, no es el mismo Fondo de antes”, pero la memoria y el recuerdo de las graves situaciones vividas nos dicen lo contrario: las privatizaciones, el aumento de tarifas, la retracción del poder adquisitivo del salario, la quita de subsidios, la convertibilidad, la toma de las cajas de previsión para financiar la bicicleta financiera (otra vez los jubilados tomados de rehenes con una reforma previsional), el achicamiento del Estado, etc, todas medidas que fueron y serán exigidas por el FMI para otorgar sus préstamos sean cuales sean.

Acercarse al FMI sólo contribuye a seguir cimentando la cesión de nuestra soberanía en un proceso donde nos colonizan cada vez con mayor fuerza.

Como sociedad sabemos que la democracia no es perfecta, pero es perfectible, y si en ese proceso de mejorarla queremos profundizarla como la herramienta que puede dotar de cimientos cada vez más fuerte a los Estado en el rol de garante de derechos, debemos alejarnos de la locura de caer nuevamente en los errores del pasado.

Por Renzo Molini

Referencias

1 - FORERO, Néstor. El Crimen de la Deuda Externa. Gráficas Buschi. 2011

2 - RAPOPORT, Mario. Historia Económica, política y social de la Argentina. (1880-2000) pp. 911

3 - RAPOPORT, Mario. op.cit. pp. 968

4 - FORERO, Néstor. El Crimen de la Deuda Externa. Gráficas Buschi. 2011.

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