Ana Prada

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Por Jimena Marín / Fotos Milagros Martín Varela

Música Cobertura / 14 SEP 2018

Los espectáculos de Ana Prada se traducen en un encuentro entre amigxs. Anécdotas, causas y sueños compartidos, risas, catarsis y amor por la música.

Hay cantantes que conmueven, estremecen hasta las lágrimas. Otrxs hacen que el público enloquezca, se acelere, grite, haga pogo. También existen quienes transmiten calma, armonía, paz. Y están lxs artistas que, sea cual sea el escenario que visitan o el tipo de show que presenten, te hacen sentir como en casa. Cada uno de sus toques, ya sea en versión acústica o con banda, en pequeños espacios o con masivos espectáculos, se traducen en tu cuerpo como un momento de disfrute entre amigxs, una juntada, un encuentro. De este último tipo de artistas es Ana Prada.

Sus espectáculos significan para quienes programamos ir a verla, escucharla y, por supuesto, cantar y bailar con ella, un encuentro entre amigxs. Un poco de catarsis, de anécdotas, de compartir causas y sueños, de reír y disfrutar de la música.

En gran medida, esta sensación la promueve su personalidad sencilla y cálida. Sus anécdotas sobre en pleno show, su lenguaje íntimo, sus anécdotas y relato cotidiano, cercano. Pero, sin dudas, es determinante su “hacer musical”, su empatía en la composición e interpretación de temas propios y “prestados”. Ese fluir en el escenario como espacio habitual de sus días, su versatilidad ante diversos géneros musicales y geografías, le ha permitido ganarse el corazón de un público fiel y presente.  Y también le ha posibilitado tocar con artistas de la talla de  Paulinho MoskaLeón GiecoRuben RadaTeresa Parodi, Fernando CabreraKevin JohansenJorge DrexlerLiliana HerreroLisandro Aristimuño, Hilda Lizarazu, Yusa y Pata Kramer, en su Uruguay natal, Argentina, Brasil y algunas ciudades de Europa.

El domingo 9 de setiembre volvió a encontrarse con nosotrxs en el Teatro Selectro. Y esta vez, después de un buen tiempo, se vino con banda completa. Este encuentro no fue exepción: Ana nos demostró cómo su transitar personal se entrelaza con su experiencia artística, y cómo elaboró una gira en consonancia con su presente.

Bajo el nombre “Renovarse”, Ana gestó, desarrolló y presentó este proceso que consistió en volver a su estado natural, rescatar viejas canciones, revisar y reversionar otras, proponer nuevos temas, recordar sus clásicos y entregarse en cada una de sus interpretaciones.

Alegre y relajada, atendió a todos los detalles: el reconocimiento de los grandes músicos que la acompañan (Ariel Polenta en teclados, Juan de Benedictis en guitarras, Julián Semprini en batería y Pablo Giménez en trombón y accesorios), al equipo responsable de sonido e iluminación del teatro y, sobre todo, a su público.

Entre la listas de temas de la noche comenzó con: Lo que viene, Me quieren sonar, Vuelve a casa, A su tiempo, No te podría quitar y Pero no. En un fragmento de nuevos temas tocó la inspiradora chacarera Yo no estuve mal, que versa “cuidado que todo te vuelve, yo no estuve mal”; Todo lo que está bien; Es hoy mi amor y Dale bailá. Continuó con Que más valgas e hizo bailar al público con Escobita de Arrayán: “amor por la tierra herida y el hombre desprotegido, amor por andar cantando contra el miedo y el olvido”; Tentempié; Sólo un rumor y Cada mancha de tu cuero, que dedicó a “todas las yeguas presentes”. Y fue cerrando la noche con sus clásicos más significativos: La entalladita, Tu vestido y cerró con Soy Pecadora, cuya estribillo cantó en plural “somos pecadoras, los santitos huyen de nuestras agendas”.

Como era de esperarse, volvió sola, con guitarra en mano, para el bis. Y en él respondió amorosamente a los pedidos del público, tocando La maleta y Mandolín, mientras se sumaban sus músicos. Y el final llegó con Agua y Sal, con un público de pie, bailando.

Así como cuando unx se reúne con amigxs queridxs, aunque pase el tiempo y existan diversas distancias, quienes asistimos a este show, bajo el cobijo de esa música que abraza, resiste e impulsa, regresamos a nuestras casas con energías nuevas, coherentemente renovadxs.   


Compromiso explícito

Es innegable el vínculo que tiene el arte con las problemáticas sociales. Y el compromiso de Ana Prada con causas de derechos humanos y género son ampliamente conocidas.

Así fue que al regresar al bis una joven le acercó y regaló su pañuelo verde, representante inequívoco de la lucha por la legalización del aborto en la Argentina. Luego de recibirlo y exhibirlo, Ana se lo colgó en el cuello para seguir cantando. Pero eso no fue todo. Muy pronto otra asistente/amiga de este encuentro le pasó el pañuelo naranja que también recibió y abrió para leer de qué se trataba en voz alta: “separación de Iglesia y Estado”, dijo. E inmediatamente volvió a desplegarlo en apoyo, para atárselo también al cuello.

En la despedida recibió también otros regalos y estuvo un rato arrodillada en el escenario para responder a abrazos y fotos. El saludo final, con banda incluída, lo hizo flameando ambos pañuelos y visibilizando ambas luchas.

Por Jimena Marín / Fotos Milagros Martín Varela

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