Las Fuerzas Armadas - decreto 683/18

Bajo la lupa de Hobbes

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 30 JUL 2018

La decisión de que las Fuerzas Armadas se inmiscuyan nuevamente en la vida interna del país legitima al Estado en su rol de controlador social y lo debilita como garante de derechos y de la democracia actual.

De las construcciones teóricas sobre el origen y legitimidad del Estado, hay una que pareciera que se ha impuesto y, a lo largo de la historia, se aprovecha de una especie de histeria colectiva para renovarse: ésta es la teoría de la construcción del Estado desde Hobbes.

Thomas Hobbes, inglés, nacido en 1588, escribirá Leviathan, obra clásica que formará, junto con Locke y Rousseau, un constructo teórico para legitimar la existencia de los Estados-Gobiernos.

Pero a diferencia de Dos tratados sobre el gobierno civil de Locke, o El contrato social de Rousseau, la obra de Hobbes parte de una premisa antropológica diferente: el pesimismo.

Así para Hobbes, el hombre (y la mujer, aunque en su obra por la época no las nombre) es malo por naturaleza y, para poder vivir en sociedad, para poder contener esa maldad que se mueve en su interior por el miedo y el instinto de supervivencia, es necesario un Estado fuerte, central, que legitime la organización social y promueva, mediante la violencia y la fuerza, la supervivencia de sí mismo y de los seres humanos que lo habitamos.

Thomas HobbesThomas Hobbes

En nuestro moderno siglo XXI pareciera que la histeria colectiva se apodera de ciertos sectores conservadores y tradicionales de la sociedad para reclamar precisamente esto: un Estado fuerte que controle el desborde que otros sectores quieren provocar.

Es esta renovación de los estados hobbsianos lo que se visibiliza cuando se promueven los discursos limitadores de aquellos reclamos colectivos que para ciertos sectores sociales atentan contra la estructura social (para ellos sagrada y tradicional, por cierto).

Los escuchamos siempre, y no solo en boca de las autoridades de turno, sino en personas corrientes que comparten nuestro espacio día a día.

 

La democracia, de golpe en golpe

Lo que ciertos sectores sociales reclaman en la constante alusión a una aparente desestructuración social, es una respuesta mediante una estructura represiva por parte del Estado.

El fenómeno no es nuevo.

El filósofo Slavoj Zizek expone en su libro Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales (1), cómo el nacimiento de los Estados-Nación surge en torno a esta legitimación de su violencia como método para su constitución y sostén. Un ejemplo en nuestro país es la masacre perpetrada por Julio Argentino Roca frente a las poblaciones indígenas, en tanto este sujeto era el otro extraño al que había que eliminar(2).

No es de extrañar entonces el rol que le otorgarían y se le otorga a las Fuerzas Armadas y las policías en los Estados contemporáneos.

De los grandes acuerdos que existieron en el regreso de la democracia entre los partidos políticos, hay uno en especial que aunó el esfuerzo de todos: la no intervención en la vida interna del país de las fuerzas militares.

No es que se dejó de lado completamente la teoría del control hobbsiano, sino que más bien se interpretó que para ese rol ya existía otra fuerza determinada: la policía. Sin entrar en un debate en torno al rol de ésta, en este artículo quiero referirme a la importancia que significó para la vida democrática del país el acuerdo al respecto de las Fuerzas Armadas.

En efecto, el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea (esta última creada durante los gobiernos peronistas), se encargaron desde 1930 en adelante de interrumpir la vida democrática del país aludiendo a un supuesto rol que se atribuían como responsables de solucionar los “desbordes democráticos”.

Este rol de autopercepción comenzó a gestarse en las épocas del Yrigoyenismo, con las intervenciones militares en las provincias (3), y se consolidó en la vida nacional con el golpe de Uriburu, que cortó con el proceso iniciado en 1916 de elecciones libres, obligatorias, masculinas y secretas. Los argumentos que se esgrimieron en su momento evocaron el más puro corporativismo en ataque a la democracia representativa como herramienta para el gobierno del pueblo.

Fue así como Uriburu tratará de controlar a los partidos políticos mediante un estatuto para los mismos y se propondrá construir la representación nacional a partir de las corporaciones  (sindicatos, empresarios, sociedades anónimas, etc.).

José Félix Uriburu

Este corporativismo, que encuentra sus raíces en el fascismo italiano, supuso un proyecto fracasado, volviéndose a la época de las elecciones fraudulentas por parte de los sectores conservadores, para evitar que la Unión Cívica Radical, ese partido que consideraban desbordado por los vicios de la política, el caudillismo y el pueblo, ganara las elecciones.

Luego, en 1943, el golpe perpetrado por el Gral. Rawson aludió al mismo discurso, pero esta vez contra el fraude patriótico que llevaban a cabo los conservadores y liberales para sostener el poder: el ejército entraba una vez más en la escena nacional para solucionar los conflictos existentes que acarreaba la participación política fraudulenta.

El contexto se dio en torno a la amenaza del comunismo bolchevique, el cual desde ahí en adelante pasó a ser el enemigo interno predilecto de las Fuerzas Armadas.

En efecto, el gobierno militar prohibió a los partidos políticos y a las manifestaciones políticas, hasta que se presentó su propio candidato, quien sería el “salvador” de la “Revolución del 43”: Juan Domingo Perón.

Perón, quien llegó al poder con el apoyo de amplios sectores de la clase obrera, puso en práctica una política social destinada a contener el avance del comunismo. Otorgar derechos a la clase trabajadora ,era al fin y al cabo, alejarla de la ideología marxista y extranjerizante.

La situación de enfrentamiento social que se vivió durante los últimos años del gobierno de Perón conllevó que la “solución” a la misma fuera nuevamente la intervención de los militares en el poder.

Desde 1955, al ocurrir la autollamada “Revolución Libertadora” (que de libertadora no tuvo nada), hasta 1976, con el último golpe de estado, el más sangriento y represor de todos, el discurso militar no varió mucho en su lógica representativa: ellos eran, por el poder y por la fuerza, quienes venían a solucionar el descontrol de la sociedad, la anarquía de la democracia, la “violencia de las masas”, con una violencia mayor.

El resultado fue trágico para las instituciones democráticas. De 1955 a 1973 se dio una larga consecución de hechos represivos, resistencia popular, proscripción política, exilio de diferentes personalidades, atentados, secuestros, etc.

Jorge Rafaél Videla, emilio Eduardo Massera y  Orlando Ramón Agosti -  Golpe de Estado del ´76.

Finalmente, en 1976 comenzaría la etapa más oscura de lo que ha ocurrido hasta ahora en la historia argentina: el golpe de estado llevado a cabo por Videla, Massera y Agosti, trajo las torturas sistemáticas, los vuelos de la muerte, el secuestro, la apropiación de bebés y el saldo de 30 mil desaparecidos.

Este último golpe fue perpetrado por aquellos que se formaron en la llamada Escuela de las Américas, un espacio de formación militar influenciado por los Estados Unidos, que se dedicó a crear, mediante la Doctrina de Seguridad Nacional, el imaginario de que el enemigo a combatir estaba dentro de la sociedad y que era necesario destruirlo. Las técnicas empleadas respondieron principalmente a las torturas físicas y psicológicas que los franceses implementaron en Argelia, contra los insurgentes que luchaban por el fin de su colonización.

Esta acción, impuesta en toda América Latina, expresada en el Plan Cóndor e impulsada por la administración Nixon, era diferente a la que se había ejecutado hasta el momento bajo la administración de John Kennedy, quien impulsando la Alianza para el Progreso promovió una política más cercana al desarrollismo para contener el “peligro de la subversión”.

El golpe de estado de 1976 cortó de un solo sablazo a toda una generación. El surgimiento de la categoría de “desaparecido” revela hasta qué punto la crueldad y el fascismo se pusieron en sintonía con las FF.AA.

Raúl Alfonsín, jóven dirigente radical de esos años, llevó alto la bandera de los Derechos Humanos para denunciar reiteradas veces en el exterior la situación de opresión que se vivía en el país.

 

Un camino de continuidad….¿cortado?

Con la vuelta a la democracia, los partidos políticos entendieron que era necesario comenzar a construir un camino que, en el marco de las elecciones, le devolviera al sistema republicano la legitimidad para ser la forma de construir la sociedad. Pero entendieron que esto solo era posible si se lograba algo sumamente importante: la garantía de que la continuidad democrática iba a proseguir sin la intervención del ejército en la vida nacional.

Así, Raúl Alfonsín dejó uno de sus legados más importantes en el país: sancionó en 1988 la Ley de Defensa Nacional, garantizando que el ejército solo se ocuparía de las tareas de defensa externa y no las de seguridad interior. Estas últimas tareas se rigen por la Ley 24.059, que tiene causales excepcionales para la intervención de las Fuerzas Armadas en la vida interna del país (como, por ejemplo, en caso de conmoción interna o, efectivamente, una guerra).

El día que Sábato le entregó a Alfonsín el informe de la CONADEP

Este consenso existente desde 1983 acaba de ser roto con total impunidad por Mauricio Macri, quien modificó por el decreto 683/18 los causales para la intervención de las Fuerzas Armadas en la vida cotidiana y social del país. Este hecho, claramente anticonstitucional, atenta contra el gran esfuerzo que como país y pueblo hemos llevado adelante para consolidar a la democracia como herramienta de transformación para canalizar las necesidades sociales.

Este hecho atenta contra el legado de Illia, Alfonsín y todo el radicalismo que fue, históricamente, opositor a que las Fuerzas Armadas decidieran sobre las mayorías nacionales. Y atenta contra la Memoria, la Verdad y la Justicia, que tanto nos ha conseguido obtener y sostener como argentinos.

Es una decisión política, planificada, de cara al acuerdo del FMI y la reforma laboral que tratan de implementar para debilitar los derechos laborales. Nada inocente en el horizonte.

Asistimos a una renovación del Estado Hobbsiano, que retoma los discursos fascistas del siglo pasado y oculta las verdaderas intenciones del gobierno de controlar al conjunto social desde el aparato estatal.

Mauricio Macri y las Fuerzas Armadas

Siguiendo a Umberto Eco en su libro El Fascismo Eterno, donde explica las características del fascismo, expresa que no se dan todas al mismo tiempo pero que articulan un discurso peligroso que otorga legitimidad al uso de la fuerza violenta del Estado sobre la vida de los ciudadanos.

Así, se reflejaba en los discursos ayer y se refleja en los de hoy. Se vislumbra en el “otro” interno, el diferente, como enemigo de un nosotros aparentemente homogéneo, que expresa un nuevo y viejo racismo, como les pasó y les pasa a las poblaciones indígenas, siempre sospechadas de ser más extranjeras que propias; las expresiones de xenofobia;  la creencia en un complot internacional contra la nación, como los discursos promovidos por los antiabortistas sobre un aparente financiamiento de multinacionales extranjeras para que se apruebe el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo; la “guerra” interna, expresada ayer como lucha contra el comunismo, y hoy como lucha contra el terrorismo y el narcotráfico; el elitismo y la meritocracia, una especie de sálvese quien pueda porque a mi nadie me dio nada gratis; el rechazo al modernismo, entendido como opuesto a los valores, como la “ideología de género” según les gusta caracterizar la lucha por más igualdad; la sospecha sobre la cultura y el pensamiento como peligrosos, siendo tanto antes como ahora las universidades uno de los centros más sospechados de promover ideologías peligrosas; el machismo y el odio al sexo placentero y el disfrute de los cuerpos; entre otras formas de pensar que se instalan progresivamente en la sociedad.

Si hay algo que está sucediendo es que los sectores conservadores y tradicionalistas tratan de revivir al estado hobbsiano. De ahí el ataque a las expresiones sexuales libres, a aquellos que piensan distintos, a la intolerancia por el lenguaje inclusivo, a la xenofobia reinante, a la asociación del narcotráfico como un problema exclusivamente de la pobreza y la marginalidad, entre otros discursos que escuchamos constantemente.

Dos de los grandes desafíos que tenemos hoy son, por un lado, actuar urgentemente contra este tipo de fascismo que se construye discursivamente, no solo combatiéndolo en su reproducción, sino también sabiendo ver en qué medida se filtra también en nuestro discurso y accionar. Por el otro lado, defender el Estado de Derecho de aquellos que nos quieren hacer creer que la única solución es la violencia de la fuerza y la represión.

Por Renzo Molini

Referencias

(1) ZIZEK, Slavoj. Sobre la Violencia. Seis reflexiones marginales. Paidós. Buenos Aires. 2009.

(2) No me explayaré sobre esto, pues pueden encontrar la nota referida a Roca como genocida en la publicación de Sin Retorno del 9 de mayo del 2018.

(3) ROCK, David. El radicalismo. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 2001. El autor expresa como las intervenciones constantes de Yorigoyen en las provincias usando el ejército, cimentó la conciencia en el mismo de que podían intervenir en la vida política del país.

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