COVID 19

El desafío de mandar una tarea en el secano de Lavalle

Por Verónica Jofré

Historia y DDHH Opinión / 16 MAY 2020

Fui a visitar a mi familia que vive en el secano lavallino y compartí con ellos la vida alejada de la conexión. Es verdad que en el campo las estrellas son hermosas, el aire es puro y el silencio da paz, pero también es cierto que es muy difícil vivir desconectado y más cuando sos un adolescente.

La pandemia nos obligó a cambiar todas nuestras actividades cotidianas, entre ellas la educación se trasladó al ciberespacio y generó el desafío de los docentes para aprender a armar trabajos que se resolverían a distancia, implicó que los padres se convirtieran en profesores y que los adolescentes puedan utilizar los conocimientos que tenían para el manejo tecnológico pero ahora destinado a la educación.

Mi hermano tiene 18 años, va a sexto año de una Escuela Técnica, que se encuentra a 18 kilómetros de su casa. En estos días como miles de jóvenes del país se enfrentó a las tareas virtuales, pero su desafío no fue solo resolver las actividades sino lograr recibirlas y mandarlas. Para poder conectarse debe recorrer 1 kilómetro desde el Puesto donde vive hasta la ruta Nacional 142 que va a la Provincia de Córdoba. Desde ahí por la ruta, debe recorrer 2 kilómetros más y subir a un puente que se eleva para pasar arriba de las vías del ferrocarril (vestigio de lo que fue la comunicación en otras épocas). Y ahí comienza el juego, teléfono en mano a caminar de un lado a otro del puente, probar de subirse a la baranda o sentarse un rato apuntando de un lado a otro. Mientras tanto alguno de los camiones que se dirige cargado a las provincias vecinas hace temblar el puente e incluso no es rara la vez que se les cae algo.

Y entre un vehículo y otro, mi hermano continúa buscando que en la pantalla aparezca una de las apreciadas letras: G, H, H+ y si la suerte es divina puede aparecer un 3G. Algún informático me podría decir que significa cada una de ellas pero para mi hermano simplemente son el grado de suerte que puede tener ese día. Y en ese momento que puede llegar a los 5 minutos o a las 3 horas, hay que aprovechar para mandar los mensajes; para ver si se puede descargar algunos de los videos que han mandado y también la travesía mayor: ver si hay forma de mandar algunas de las tareas que hizo en casa. Pero la aventura no termina ahí, no solo es encontrar señal, lo excitante es lograr mantenerla. Nada como estar a punto de ver que el círculo que indica la carga de un video o una imagen está por concluir y en un segundo las letras mágicas desaparecen y con ellas las posibilidades de comunicación. Y así puede pasar toda una tarde, muchas veces se hace la noche y el peligro con los camiones se acrecienta.

Algunas veces la distancia la recorre en la camioneta familiar y eso ayuda a no tener que estar pasando tanto frio, pero hay que estacionarse en lo más alto del puente. Ningún examen de educación vial lo permitiría por el peligro que supone pero bueno la necesidad de conectarse no conoce las señales de tránsito.

En la casa mis papás, se quedan esperando, con el deseo de todo padre de poder mandar un mensaje y preguntar a qué hora vuelve, si logró mandar las tareas o simplemente si está bien. Pero esa tarea tan simple es imposible porque en la casa no solo no hay señal de internet sino que la de teléfono es casi inexistente.

En mi caso, por mi trabajo vivo en Godoy Cruz, a más de 100 kilómetros y más de una vez me pasó que recibí el llamado de mi mamá a las 12 de la noche, con mucho frío desde afuera de la casa me pregunta si vi conectado a mi hermano. Preocupada me comenta que se fue hace varias horas y no sabe cómo está ya que fue imposible llamarlo, se “cae” la llamada por falta de señal. Y desde mi lugar solo puedo rastrear su última hora de conexión, intentar mandarle mensajes o llamarlo y rezar para que todo este bien es lo único que puedo hacer.

Sé que la situación de mi hermano no es la única, a menos de un kilómetro una de sus vecinas pasa una travesía similar pero subiéndose a un médano (para quienes no conocen es es una pequeña montaña de arena) varias veces al día para mandar un mensaje y con suerte la imagen de una tarea. Un poco más allá otra chica recorre algunos kilómetros a caballo para subir a punto alto y lograr mandar un mensaje.

Hace meses que intentamos que tengan conexión a internet, en Asunción, el pueblo que está a 7 kilómetros llegó la empresa Tachicom que permitió que tengan servicio de internet. Así también esa empresa logró instalarse en el siguiente puesto que está a 30 kilómetros y conectar a más familias. Sin duda más allá de sus ganancias comerciales han ayudado mucho a los que viven en el pueblo, pero todos los que viven en los alrededores quedan desconectados, excluidos. He llamado muchas veces a la empresa, les pasó el punto GPS de la casa de mis papás, pero lamentablemente siguen sin poder tener cobertura en el lugar. Incluso en algún momento se acercaron a medir y explicaron que con algunas modificaciones en sus antenas cercanas podrían solucionarlo, pero luego esa opción se desvaneció junto a la esperanza de mi familia.

En mi caso soy docente de una materia que se llama Cibercultura y hace poco cuando explicaba las características de esta nueva forma de vida, (que en la época de pandemia cobró más relevancia que nunca), mencionaba entre sus grandes ventajas que aunque se oculte los avances de las TICs siguen siendo excluyentes.

Por ello hoy me animé a escribir esto porque tengo la esperanza que alguien nos ayude a encontrar una solución. Me animé a relatarlo por qué quizás desde el gobierno de la Municipalidad de Lavalle, del Gobierno de Mendoza o desde la Nación se hayan pensado en políticas que permitan la conectividad en zonas rurales, quizás en números suene que son pocos pero su realidad también es importante.

Sigo pidiendo, sigo soñando que un día me digan que hay una forma de ponerles internet en la casa. Sigo soñando con poder mandarle un whatstApp a mi mamá para ver cómo está o que un día mi hermano pueda hacer un trabajo sentado cómodo en la cocina, sigo soñando que algún día mi papá pueda consultar en internet sobre las enfermedades de las cabras (a las que se dedican). Sigo soñando, sigo esperando…

Por Verónica Jofré

Licenciada en Comunicación Social. Egresada de la Universidad Nacional de Cuyo. Actualmenente se encuentra en la elaboración de la tesis para la Maestria en Enseñanza en Entornos Digitales. Trabaja como docente en el IES 9024 de Lavalle y en la Escuela del Magisterio de la UNCUYO

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