Al filo de la democracia

La distopía brasileña

Por Milagros Martín Varela

Historia y DDHH Multiversos Expandidos / 23 JUL 2019

Un documental para entender los tiempos oscuros que atraviesa Brasil.

Aunque poco se ha teorizado sobre las distopías, quienes lo han hecho suelen definirla como “la peor sociedad posible”. También suelen coincidir en que esa sociedad no llega de un día para el otro, sino que discretamente se planta una semilla, se seduce a la población y se intervienen las instituciones democráticas para destruirlas desde adentro. Numerosas distopías se han producido desde la literatura y desde el cine. Son ejemplos las novelas 1984, de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; El cuento de la criada, de Margaret Atwood y la novela gráfica de Alan Moore llevada al cine por James McTeigue, V de Venganza. Sin embargo, la actualidad de Brasil es una distopía que supera a la ficción. 

Petra Costa es una cineasta brasileña que, a través de un documental estrenado en Netflix, explica didácticamente y en primera persona la crisis política del país más grande de Sudamérica, que derivó en la presidencia del exmilitar Jair Bolsonaro. Con respecto al mandatario y a su par en Estados Unidos, Donald Trump, una pregunta comenzó a escucharse como un eco en, al menos, una parte de América: ¿Cómo puede ser que la gente los haya votado? Algunxs responden que no es que los votaron “a pesar de” (la homofobia, el machismo, la misoginia, el racismo, entre una larga y triste lista de etcéteras) sino “porque”. Es decir, más allá de la desinformación, de las noticias falsas y otros factores; los votos que recibieron y la aceptación que aún reciben personajes como Bolsonaro y Trump es porque comparten y adhieren a las políticas de odio.

Esto es, en parte, lo que muestra Al filo de la democracia (Democracia em vertigem, 2019), relatado por la misma Petra Costa quien, en los primeros minutos del documental, confiesa que la democracia en Brasil y ella tienen casi la misma edad. También dice que su sensación es que la democracia en su país parece haber sido tan solo un sueño, teniendo en cuenta los hechos que han sucedido más o menos desde fines de 2015 e inicios de 2016. Es que en ese país, la última dictadura militar -de la que Bolsonaro fue parte- duró 21 años, es decir, tres veces lo que duró en Argentina; dato que nos dice que la cultura de un país y otro son muy diferentes entre sí. Es por esto que el documental realizado por Petra Costa es fundamental para entender la situación del país carioca: cómo Luiz Inácio Lula Da Silva (a partir de aquí, “Lula”) pasó de figurar en imágenes como una Daenerys Targaryen aclamada en Meereen bautizándola como “Mhysa” (madre) a figurar en otras con ropa de presidiario en marchas antipetistas (en referencia al Partido de los Trabajadores o PT), cómo Dilma Rousseff pasó de ganar dos elecciones presidenciales a ser destituida por un golpe de Estado disfrazado de juicio político y cómo un personaje que destila odio como Bolsonaro llegó a ser presidente de Brasil.

La Justicia mira con el ojo derecho

A casi tres años de la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil, los hechos se pueden ver desde una perspectiva más amplia para comprender mejor el micro y el macrocontexto. Tal es la tarea que asume Petra Costa, cuya producción revela los verdaderos motivos que llevaron a la crisis política en el país: por un lado -y como si la llamada Guerra Fría no hubiese acabado- la necesidad de los partidos más conservadores de estigmatizar y eliminar a la izquierda de la política del país y, por otro, el uso de las instituciones democráticas para que las investigaciones por corrupción terminaran enjuiciando a unxs pero no a todxs. Lo primero que es necesario tener en cuenta a la hora de ver Al filo de la democracia es la expansión de la derecha y de sus políticas neoliberales en América (y en el mundo), particularmente con la elección en Estados Unidos que llevó a Donald Trump al Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington. Lo segundo es que, entre las medidas que impulsó Dilma Rousseff en la presidencia en su momento de mayor popularidad (2013, aproximadamente), se encuentran unas leyes anticorrupción que -tarde o temprano- llegarían a todo el arco político.

La politóloga y analista Ayelén Oliva, en una nota publicada en La Tinta durante la presidencia previsional de Michel Temer, explica que “la operación Lava Jato estalló en marzo de 2014, seis meses antes de las elecciones presidenciales. Sin que Dilma llegase a cumplir el primer año de gobierno de su segunda presidencia, el diputado Eduardo Cunha, presidente de la Cámara Baja en ese momento, dio luz verde al proceso de impeachment como represalia por la falta de protección política del PT ante las investigaciones judiciales que avanzaban. (...) Así fue que, en pocos meses, la mayoría opositora en el Congreso dejó ver su costado autoritario avanzando sin culpas sobre un Ejecutivo débil y Dilma terminó siendo destituida por motivos que nada tenían que ver con la causa Lava Jato”. 

Esto se demuestra en el documental producido por Netflix, así como esta otra afirmación de la periodista especializada en política internacional: “Todavía en el gobierno, el PT pensó que la reforma política podía esperar un momento mejor pero erró en sus cálculos. En la mayoría de los casos, no en todos, las millonarias causas de corrupción tienen más que ver con el modo de financiamiento de la política que con el enriquecimiento personal. El escándalo político está entonces en lo habitual de este tipo de prácticas entre las empresas y partidos y no en la excepción de la búsqueda personal de lucro de algún dirigente político”. La cuestión es, entonces, que en Brasil -generalmente- los partidos políticos crean “acuerdos” con empresas constructoras para financiamiento de campañas políticas y los favores se devuelven durante la/s gestión/es. El problema, en este caso, fue que el PMDB (partido conservador al que pertenecen Michel Temer y Eduardo Cunha y con el que Lula “negoció” para gobernar con cierta tranquilidad) se sintió amenazado ante las investigaciones que se dieron después de que Dilma corriera a los funcionarios de ese partido de cargos importantes. Temer mantuvo la vicepresidencia y un rol fundamental en el golpe de Estado que derrocó a la primera mujer presidenta de Brasil, así como en el encarcelamiento de su antecesor, quien había reducido drásticamente los índices de pobreza en el país, aumentado los cupos de afrodescendientes en universidades y supo ser uno de los líderes políticos más populares del mundo. 

Un juez que acusa

Otra pieza importante en esta jugada tuvo el actual Ministro de Justicia del gobierno bolsonarista, Sergio Moro, quien fue el que ordenó que Lula fuera a la cárcel. A principios de junio de este año, en el sitio The Intercept Brasil -sitio del aclamado periodista estadounidense ganador del premio Pulitzer, Glenn Greenwald- se publicó un informe en el que denunció que Moro había intercambiado mensajes con el fiscal a cargo de la causa de Lava Jato, Deltan Dallagnol, para guiar -sesgadamente y para su conveniencia- la investigación. Tal accionar es ilegal, ya que en Brasil “la Constitución estableció el sistema acusatorio, en el cual las figuras del acusador y del juzgador no pueden mezclarse. En ese modelo, el juez debe analizar de manera imparcial los argumentos de acusación y defensa. Las conversaciones entre Moro y Dallagnol demuestran que el actual ministro se entrometió en el trabajo del Ministerio Público”, señala The Intercept, citado por El País. El modelo acusatorio también se aplica en Argentina, en donde el fiscal es el encargado de investigar, de acusar y, en caso de que lo considere, elevar a juicio una causa. Sólo entonces, en un tribunal, aparece la figura del juez. No antes.

Sin embargo, en Brasil, “en las conversaciones privadas obtenidas por The Intercept, Moro recomendó al fiscal que cambiara el orden de unas etapas de la investigación, pidió agilidad en las operaciones, dio consejos estratégicos y pistas informales y anticipó al menos una decisión, criticó y sugirió recursos al Ministerio Público y retó a Dallagnol, como si él fuera un superior jerárquico de los fiscales y de la Policía Federal”, apunta la misma fuente. 

Luego del escándalo, Moro criticó que las conversaciones se hubieran filtrado (no pareció molesto cuando filtraron la conversación telefónica en la que Dilma le avisaba a Lula que le llevarían los papeles de su nombramiento como jefe de gabinete) y se tomó licencia en su cargo.

Bolsonaro al poder

Lo explicado hasta aquí no basta para responder cómo y por qué llegó Bolsonaro a la presidencia mediante el voto popular. Para complementar lo que se puede ver en el documental de Petra Costa, volvemos a citar a Ayelén Oliva, quien en una nota televisiva de LN+ asegura que un hecho esencial para entender este fenómeno es que el brasileño promedio es “antipolítico”, al estilo de “que se vayan todos”. Otro dato no menor es que uno de cada cuatro electores en Brasil se define como evangélico, voto que Bolsonaro agradeció al ganar los sufragios en segunda vuelta o ballotage. 

Por otro lado, en una nota escrita para Caras y Caretas, Oliva explica que el presidente brasileño “supo aprovechar el descontento social para construirse como un dirigente de fábula capaz de sacar a Brasil de las ruinas que dejó la destrucción total de la política después del estallido del escándalo de corrupción del caso Lava Jato. Y lo hizo golpeando los puntos débiles de una sociedad abatida donde el componente fantasioso y el fundamentalismo religioso son elementos imprescindibles a la hora de generar empatía para la construcción de un respaldo popular”. 

Otro análisis, mucho más extenso, lo hace el doctor en Ciencias Sociales argentino Ariel Goldstein en su libro Bolsonaro: La democracia de Brasil en peligro. Lincoln Secco -profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de San Pablo- afirma en el prólogo de la publicación de Editorial Marea que la ideología del movimiento bolsonarista “es un conjunto irrelevante de ideas bizarras apoyado en youtubers sin reconocimiento académico, artístico o cultural y, por esto mismo, basado en un antiintelectualismo del hombre medio, informado por teorías de la conspiración, dogmas religiosos y preceptos morales. Las escenas en que el presidente electo hizo sus primeras declaraciones son un ejemplo de eso: promovió un discurso dudoso sobre la Constitución y un culto evangélico improvisado”. También observa los antecedentes históricos de la extrema derecha en Brasil como el haber sido sede del mayor partido nazi fuera de Alemania entre 1932 y 1938 con la Acción Integralista de Plínio Salgado y las movilizaciones de masas de derecha en las vísperas del golpe cívico-militar de 1964. A pesar de ello, dice Secco, “la elección de un presidente así (Bolsonaro), mediocre en sus relaciones, desequilibrado en sus reacciones y conocido por las declaraciones equivocadas en defensa de la tortura, la pena de muerte y, más recientemente, de la homofobia, la misoginia y el racismo es algo inédito en la historia brasileña”. 

Según el libro de Goldstein, es difícil que la situación pueda repetirse en Argentina, “ya que el proceso militar dejó un legado de baja tolerancia social a la violación de los derechos humanos. En Brasil las Fuerzas Armadas reconquistaron el apoyo popular. Es necesario recordar que el Ejército brasileño se volvió la única institución que no fue desacreditada por la operación Lava Jato”, reflexiona Secco. Además, en Brasil los responsables por la dictadura militar y los delitos de lesa humanidad cometidos durante esos 21 años no fueron juzgados ni condenados, a diferencia de los juicios históricos en Argentina.

Excepto la comparación con Argentina, lo escrito aquí se complementa en lo que se puede ver en Al filo de la democracia. Su duración es de dos horas, tiempo suficiente para no sólo explicar sino -ante todo- mostrar cómo fue el proceso político y social por el que atravesó la población de Brasil desde 2013 a la fecha. No es menor que sea una mujer la protagonista y realizadora, ya que fueron ellas -las mujeres brasileñas- las que salieron a las calles a rechazar la candidatura de Bolsonaro a la presidencia bajo la consigna “Ele não” (Él no) en marchas masivas en todo el país. Petra Costa logra transmitir la desoladora sensación de alguien que vivió la primavera -en palabras de Lula- brasileña y que ahora es una sobreviviente en manos de un militar que preferiría ver muerto a su hijo antes de que sea gay y que piensa que hay mujeres “dignas” de ser violadas y otras que no lo son. Pero, si como escribió Michel Foucault, “en donde hay poder, hay resistencia”; la palabra de Costa y de miles de brasileños viene a encarnar una parte de la resistencia al avance de la ultraderecha. El cine se vuelve, una vez más, gesto político.

Por Milagros Martín Varela

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