Venezuela

La tormenta y la libertad

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 24 FEB 2019

La situación de Venezuela nos recuerda que, lejos ya de las situaciones del Siglo XX, el imperialismo norteamericano se renueva en su afán de mantener a Latinoamérica como su patio trasero.

Desde fines de enero, asistimos a una serie de noticias sobre Venezuela que se enmarcan en lo que popularmente se conoce como “desgarrarnos las vestiduras”. En efecto, hemos visto como diferentes personalidades de la política, el periodismo, e incluso el espectáculo, han hablado hasta el cansancio de “la crisis”, “la tragedia”, “el hambre”, “la violencia”, “el autoritarismo”, “la dictadura”, entre otras cosas, que “acontecen en Venezuela”.

Pareciera que quienes hoy se rasgan las vestiduras al hablar del país de Bolívar, desconocen que todo eso ocurre, y desde hace mucho tiempo, en muchos otros países de América Latina y el mundo.

Solo basta ver el ejemplo del Reino de Arabia Saudita, una monarquía absoluta que apenas hace un poco más de dos años comenzó a considerar a las mujeres como mamíferos (1) (porque antes no eran nada más que una cosa, una propiedad a la que no era necesario ni siquiera dar agua), y que persigue sistemáticamente a la población LGBT, entre muchas otras situaciones que representan realmente una tragedia para los Derechos Humanos.

Pero parece que, al que hoy se levanta como “paladín por la democracia”, los Estados Unidos de América, no le importa, no le merece su atención.

¿Por qué sucede esto? Un dato no menor es, y probablemente la clave de todo, que Arabia Saudita, como el segundo país del mundo con la mayor reserva de petróleo existente, es uno de sus principales aliados.

El Tío Sam entiende más de Derechos Humanos, cuando estos huelen a petróleo.

 

Del Punto Fijo a la Revolución Bolivariana

Pero volvamos a Venezuela, que al igual que todo lo que nos rodea, es resultado de su tránsito histórico.

Región clave para la independencia latinoamericana, cuando era aún el sueño de Bolívar conformar la Gran Colombia, ha sido siempre un punto estratégico para el continente. No solo por sus recursos petroleros, sino que mucho antes del descubrimiento de este, lo fue por su ubicación geográfica, como una gran puerta frente al comercio por el atlántico, y por sus muchos otros recursos naturales.

No por nada, las reformas a las que diera lugar Carlos III desde 1776, volvieron a la región Capitanía General, esto es, la transformaron en una unidad administrativa con mayor énfasis en lo militar para enfrentar los constantes ataques ingleses a la zona.

La codicia que hacía enfrentar a los imperialismos europeos fue reflejo de la importancia estratégica de la región.

Venezuela es también hoy, y sobre todo después de 1998 con la elección de Hugo Chávez para su primer mandato, y la reforma constitucional de 1999, un país gobernado mayoritariamente por un partido: el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Para entender cómo llega al poder este hombre surgido de las fuerzas militares, es necesario que nos vayamos un poco más atrás.

Asistimos en 1952, a la llegada al poder de Pérez Jiménez, un dictador apoyado por las Fuerzas Armadas y los EEUU (no faltaba más) por su especial política anticomunista, y por ser parte de una red de distribución de petróleo ligada a los intereses de las empresas norteamericanas.

Se sostuvo en el poder hasta 1957 cuando, falseando un plebiscito que definiría su permanencia en el poder, se autoadjudicó la victoria, provocando que un movimiento cívico-militar lo destituyera en enero de 1958.

Desde aquí la política venezolana se sostuvo sobre lo que se llamó el Pacto de Punto Fijo. Esto fue, un acuerdo entre tres grandes partidos políticos: Acción Democrática (AD), el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI, conocido como Partido Socialcristiano), y la Unión Republicana Democrática (URD), quienes se intercalarían en el poder.

El Pacto de Punto Fijo significó, en la práctica, un bipartidismo entre AD y COPEI, luego de que en 1962 URD se abriera del mismo.

Este bipartidismo, llevó al país a la peor crisis económica de Venezuela, incluso mayor que la que hoy se le achaca al chavismo. Y esto fue así porque, a pesar de ciertos esfuerzos nacionalistas, como la nacionalización del hierro y del petróleo (esta última medida que dio como resultado la creación de Petróleos de Venezuela S.A., la conocida PDVSA, en 1976), el país siempre estuvo sometido a los dictámenes financistas del FMI, pues ambos partidos, alternándose en el gobierno por lo pactado, impusieron un mismo programa político que benefició a los intereses de la oligarquía, y secuestró a la democracia venezolana mientras se sostenían mutuamente en el poder.

El Caracazo de 1989 fue la respuesta masiva de la población, al hartazgo de las maquinarias de corrupción que se habían montado en los años del pacto, así como al quiebre del mercado interno (con una real escasez), y a la imposición de los paquetes económicos del FMI que en 1988, y a poco tiempo de haber sido elegido por voto, llevó a cabo Carlos Andrés Pérez, atacando la subsistencia de las clases populares.

El intento de rebelión militar de 1992, en el cual participó Hugo Chávez, formó parte de los levantamientos contra un gobierno que atacaba sistemáticamente la población.

Tras la frustración de la rebelión, Chávez será condenado y luego sobreseído por el presidente Rafael Caldera, que había sucedido a Pérez en 1994.

Es entonces cuando Hugo Rafael Chávez Frías, fundaría en 1997 el Movimiento Quinta República (el antecesor al PSUV), con el que ganaría las elecciones en 1998.

Asumiendo el poder, lograría una reforma constitucional en 1999 inaugurando la Revolución Bolivariana y con ella, una de las mayores transformaciones de la sociedad a favor de los sectores más desprotegidos.

 

La democracia que no le gusta al Tío Sam

A 20 años de la Revolución Bolivariana, asistimos al mayor intento de desestabilización de la situación de Venezuela, provocada por los embates de las políticas imperialistas del titán de los imperios: los Estados Unidos de Norteamérica. Pero este no está solo. Sería imposible pensar una acción unilateral por parte del famoso pulpo del norte (tal como los caracterizaba José Martí en su libro Nuestra América), sin la complicidad de sus socios locales, esos que abundan en América Latina: las derechas y las clases poderosas en lo económico y en lo cultural, y hoy, también en lo comunicacional.

Socios, que apuntan a ser sátrapas del imperio (y en el sentido más puro del término, como administradores de la riqueza para el servicio del rey) que no son ni nada más ni nada menos, que los mismos especuladores de siempre.

Veamos la crisis un poco más allá de “desgarrarnos las vestiduras”: no hay en esta un solo culpable. No todo es responsabilidad del gobierno Venezolano, que en 20 años ha logrando transformaciones únicas en América Latina, como la cantidad de barrios populares de primera generación que existen en Caracas y muchas otras ciudades, la construcción de 75 universidades públicas y gratuitas en todo su territorio, o la erradicación del analfabetismo (2).

Hoy el gobierno venezolano asiste a un intento desesperado por sobrevivir, luego de reiterados intentos de acordar con la oposición, donde esta misma autoboicoteó todo intento de llegar a acuerdos.

No importa que tantos enviados haya dispuesto la Organización de las Naciones Unidas para garantizar elecciones, o ser intermediarios de negociaciones con el oficialismo. Para la oposición venezolana, la única respuesta es el fin del chavismo.

El 7 de febrero de 2018, el expresidente español Rodríguez Zapatero, daba a conocer en una carta el infructífero resultado que tuvo después de dos años de trabajo en Venezuela para alcanzar acuerdos entre la oposición y el oficialismo.

Infructífero porque, a pesar de haber logrado acuerdo tras acuerdo, y dándose que la oposición firmó un pre-dictamen el 31 de enero del 2018, a último momento, cuando debía darse la firma final, estos, siguiendo los dictámenes de los Estados Unidos, decidieron no suscribir a lo convenido.

“Después de trabajar sin descanso durante dos años por una convivencia pacífica, democrática, de superación de los problemas económicos y sociales de Venezuela, y con el espíritu de reconciliación entre todos los venezolanos (…) se culminó en un consenso básico para un gran acuerdo, que supone una esperanza real y valiente para el futuro de Venezuela, concretado en un documento presentado a las partes que da respuesta a los planteamientos esenciales discutidos durante meses, a saber, el acuerdo en un proceso electoral con garantías y consenso en la fecha de los comicios, la posición sobre las sanciones contra Venezuela, las condiciones de la Comisión de la Verdad, la cooperación ante los desafíos sociales y económicos, el compromiso por una normalización institucional y las garantías para el cumplimiento del acuerdo, y el compromiso para un funcionamiento y desarrollo plenamente normalizado de la política democrática.

De manera inesperada para mi, el documento no fue suscrito por la representación de la oposición. No valoro las circunstancias y los motivos, pero mi deber en defender la verdad y mi compromiso es no dar por perdido el lograr un compromiso histórico entre venezolanos.”(3), expresó, no solo con tristeza, sino también la profunda indignación, el ex presidente español.

Había sido enviado (a pedido de la oposición) con el objetivo de lograr acuerdos que garantizaran que en las elecciones de mayo de 2018 (las cuales realmente tenían que ser en diciembre, pero fueron adelantadas también a pedido de la misma oposición), no existiera “arbitrio del gobierno en la contienda electoral”.

La no suscripción a un pacto negociado donde estuvieron presente todas las partes, sólo revela que la oligarquía, las clases altas y poderosas de Venezuela, han unido una vez más su destino a los designios del imperialismo norteamericano.

Las elecciones se dieron formalmente en mayo, participando 16 partidos políticos, exceptuando AD, Voluntad Popular (VP, el partido de Guaidó), y Primero Justicia (PJ). Se disputaron la máxima autoridad 4 candidatos (4). Concurrieron para garantizar la transparencia, 14 comisiones electorales de 8 países, 2 misiones técnicas-electorales, 18 periodistas del mundo, 1 Europarlamentario y 1 delegado técnico-electoral de Rusia.

Las 18 auditorías al sistema automatizado de elecciones dieron por resultado la victoria de Maduro por un 67,84% de los votos. De los 23 estados del país, el chavismo ganó en 17, y la oposición en 5.

Incluso el Consejo de Expertos Electorales de Latinoamérica (CEELA), a cargo del ecuatoriano Nicanor Moscoso, pidió reconocer la victoria del chavismo porque representaba la voluntad popular del pueblo, resaltando que existió en todo el proceso la libertad del voto. Rodríguez Zapatero, que siguió de cerca el proceso, reconoció los resultados. Los contrincantes de Maduro, amenazaron inicialmente con desconocer la elección, pero luego uno de ellos, Javier Bertucci, reconoció la victoria, y achacó a la abstención el resultado.

Desde que no puede vencer en las elecciones, la oposición venezolana solo ha reconocido las elecciones donde han salido victoriosos (como las parlamentarias del 2015), y ha calificado de fraudulentas al resto, a pesar de la presencia de los fiscalizadores extranjeros.

De todo esto solo cabe pensar que para la oposición venezolana y los Estados Unidos, todo debe terminar con el fin del chavismo, incluso si eso significa desangrar al pueblo que tanto dicen defender.

Pero no buscan solo el fin de un gobierno, sino el fin de todo un movimiento social. Buscan barrer de la memoria colectiva lo que la Revolución Bolivariana ha significado. Algo similar a la desperonización que Aramburu llevó a cabo luego del golpe de 1955 al gobierno de Perón.

Todo esto, esta traición al pueblo venezolano por parte de las oligarquías no es casual, tiene el  componente de responder a la única patria que tienen las clases poderosas: la de sus bolsillos.

 

Venezuela en la tormenta

Venezuela fue, y es hoy con mayor peso, un punto de disputa entre potencias mundiales que se reparten geopolíticamente el mundo: Rusia, China y EE.UU.

Los EE.UU. que se fundaron sobre la idea de libertad (en efecto, los padres fundadores del país del norte trabajaron, fructíferamente, en pos de ella), han interpretado, desde 1823 en adelante, con la aparición de la “Doctrina Monroe”, que la libertad les correspondía a ellos pero no a sus vecinos latinoamericanos.

Se arrogaron mediante este pensamiento, la idea de que América Latina era un patio trasero para sus políticas de expansión y saqueo. Han sostenido reiteradamente un intervencionismo destinado a manejar los pueblos y los recursos de América Latina.

Hemos sufrido como pueblo latinoamericano, más de 40 intervenciones en tan solo el siglo XX.

Esta política, de disponer de nuestros recursos a su antojo, desde la llegada del Chavismo al poder, no pudo en Venezuela concretarse con el recurso clave para los EEUU: el petróleo. Y es clave porque, de cada 10 barriles de petróleo que los EEUU utiliza, 6 son importados desde los países de medio oriente, que tardan entre 45 y 50 días en llegar por mar, mientras que el petróleo de Venezuela tardaría de 4 a 5 días.

En el 2002, un fracasado intento de golpe de estado financiado por la Casa Blanca, inició el camino para atacar al gobierno bolivariano con una guerra económica y mediática.

En los últimos años, Venezuela ha sufrido no solo por errores políticos del gobierno, sino por la irresponsabilidad de una oposición muy plural, pero hegemonizada por la derecha conservadora y fascista.

Desde el 2013 hasta la actualidad, existieron 5 intentos de toma del poder por la fuerza por parte de la oposición de derecha: 2013, 2014, 2016, 2017 y la actual. Esta última, planificada desde el momento (y probablemente antes) al rechazo que dieran a la firma del pacto que negociaba Rodríguez Zapatero.

Una vez más asistimos al intento del imperialismo de seguir atacando a los pueblos latinoamericanos. Los medios cómplices, crean realidades inexistentes y exaltan el miedo de la población (como cuando informaron que el ejército venezolano secuestraba niños para enrolarlos en el ejército, y resultó ser una vil mentira). La oposición vendida a los intereses extranjeros, manipula y quiere sostener un gobierno paralelo completamente ilegítimo.

La supuesta “ayuda humanitaria” es un negocio de especuladores que están, como vampiros frente a sus víctimas, sacando a la luz sus colmillos dispuestos a succionar el petróleo y los recursos mineros del país de Bolívar.

Si realmente quisieran ayudar humanitariamente a los países, los grandes conciertos y las colectas se darían para países que la pasan realmente mal, como Honduras o Haití. Pero claro, estos no son ni la primera reserva mundial de petróleo, ni la primera en oro.(5)

Los artistas, en vez de preocuparse por esto, deberían reclamar para que los EEUU levante el bloqueo a las reservas internacionales de la venezolana PDVSA.

Nadie que realmente quiera una solución para Venezuela, puede creer que esta va a venir de alguna política desde los EE.UU. Si como latinoamericanos no defendemos la posibilidad de resolver nuestros propios problemas, no quedará otra que ser nuevamente el patio trasero para sus antojos.

Después de todo, Simón Bolívar lo había visto ya en 1829, cuando dijo: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miseria en nombre de la libertad”. (6)

Por Renzo Molini

Referencias y citas

1- En mayo de 2016, un grupo de “científicos” del país determinó que las mujeres eran mamíferos, pero sin alma, pudiendo tener “los mismos derechos” que los camellos y otras especies animales.

2- Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), un país es declarado Territorio Libre de analfabetismo, cuando el 96% de las personas mayores de 15 años sabe leer y escribir.  Venezuela consiguió esto en el año 2005.

3- Nota de José Luis Rodriguez Zapatero a la Oposición Venezolana: Link Aquí

4- Originalmente eran 6, pero dos desistieron de la contienda.

5- Venezuela es también, el país con la mayor reserva mundial de oro.

6- Carta de Simón Bolivar al Coronel Patricio Capbell, fechada el 5 de agosto de 1829, en Guayaquil.

 

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