La Historia en Lucha

Negacionismo, Dictadura y Sentido Común

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 17 FEB 2020

La negación del negacionismo se torna un discurso que, a contramano de la democracia, renueva peligrosos argumentos que hunden sus raíces en la sociedad argentina desde principios de la Segunda Guerra Mundial.

Paulo Freire decía que “el mundo no es, está siendo, y por eso, podemos transformarlo”. En efecto, como el gran pedagogo de la liberación expuso, si hay algo que podemos hacer con nuestro presente es transformarlo, armarlo, cambiarlo para que, en un horizonte con un claro optimismo antropológico, podamos hacerlo mejor para todas las personas del planeta.

Pero, si el presente es y podemos cambiarlo, el pasado sería aquello que no podríamos cambiar, aunque en realidad sí “podríamos”, y con esto no me refiero a que el pasado cambia. Lo que hice ayer no puedo deshacerlo, al igual que nadie puede deshacer los grandes procesos históricos Sin embargo, sí podemos cambiar algo del pasado, y eso es la interpretación del mismo, la relación de nosotras, nosotros y nuestro presente, con él. Porque el pasado, independientemente de los hechos que sucedieron, también es lo que se dice que fue.

Y esto no es solo una tarea de los historiadores o de los cientistas sociales en general. También se construye en torno a lo que se podría denominar el sentido común, compuesto por un discurso donde coexisten, de forma yuxtapuesta, verdades y mentiras, sentidos académicos y no académicos, hegemónicos y contrahegemónicos, que cruzan diferentes construcciones epistemológicas y doxas que moldean la realidad para hacerla aprehensible y maleable a lxs sujetxs que la tratan de explicar. Es por esto que, al hablar del presente y sobre todo del pasado, lxs cientistas sociales, no somos lxs únicxs que lo dotamos de sentido.

Uno de los ejemplos más claros de esta yuxtaposición de sentidos comunes en nuestra realidad argentina, son las interpretaciones que se hacen sobre lo que fue la última dictadura cívico-militar. Un hecho concreto, con situaciones y acciones comprobadas como la proscripción de los partidos políticos, la clausura del Poder Legislativo, la suspensión de las garantías constitucionales, el terrorismo de estado mediante la tortura, la desaparición de personas y el robo sistemático de bebés, la apertura de la economía con la consiguiente devaluación, desindustrialización, incremento de la deuda externa, el ataque a múltiples expresiones culturales, incluyendo la prohibición y quema de libros, y un todavía largo etcétera.

Todos hechos que efectivamente ocurrieron y, sin embargo, desde el comienzo de la reconstrucción democrática en 1983, la sociedad es seno de una disputa para “interpretarlos”, en una suerte (mala suerte en realidad) donde lxs negadorxs y relativizadorxs de lo ocurridos en el período 1976-1983, han tenido espacios en los medios de comunicación y en la academia, para imponer un sentido común capaz de cuestionar la veracidad del pasado y postular opiniones que van a contramarcha del fortalecimiento de la democracia.

Hace una semana, esto ha aparecido de nuevo en el escenario social, a raíz de los anuncios del presidente Alberto Fernández, sobre la posibilidad de aprobar en la Argentina una ley que penalice o multe el negacionismo, similar a la ley existente en Francia en torno a las sanciones sobre las negaciones del Holocausto judío.

 

La génesis del Negacionismo en el contexto nacional

El Negacionismo es un discurso de un peligroso sentido común que, a contramano de cualquier prueba histórica, reduce, minimiza, relativiza los crímenes cometidos por la dictadura militar aquí y en otras partes de Latinoamérica. Así se articulan una serie de relatos, como el “no fueron 30 mil” (tendencia en los últimos días en Twitter en Argentina), que tratan de desacreditar la enorme lucha que vienen haciendo los Organismos de Derechos Humanos.

Un fantasma parece que entonces sí, recorre efectiva y nuevamente el país, y es el fantasma del Negacionismo. Pero, es un fantasma que siempre estuvo ahí, aunque a veces no lo veamos, y está lejos de ser un producto aparecido a partir de la reconstrucción democrática.

Ya desde fines de la Segunda Guerra Mundial, el discurso negacionista existente sobre el Holocausto encantó a la derecha fascista argentina que, en casos de grupos como Tacuara, lo apropiaron y lo transformaron en una especie de nostalgia nacionalista y, definitivamente, antisemita.

Desde 1983, empezaron a aparecer dos relatos destinados a disputar el espacio de la memoria, uno signado por la disputa en los recuerdos de los horrores perpetrados por el Terrorismo de Estado, el otro en la justificación de la Guerra contra la Subversión, y es en este último donde el Negacionismo del Holocausto mezcla sus raíces con el revisionismo historiográfico de la derecha nacional argentina.

Con una especie de “ingenuidad histórica”, el revisionismo rosista aparecido para criticar los postulados de la historiografía liberal mitrista, dejó una puerta abierta a la recepción de obras como “Nuremberg ou la Terre Promise” de Maurice Bardèche, que fue aprovechada por el revisionismo de la Shoá en “una narrativa similar que les permitía percibirse y presentarse como abnegados paladines de la autenticidad histórica y los valores patrióticos contra versiones falaces y ‘politizadas’ del pasado que sólo aspiraban a beneficiar a actores anti-populares”(1). Así, ya desde el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, revistas nacionalistas como Crisol, sostenían la existencia de una aparente prensa hebrea que inventaba las historias sobre deportaciones masivas o la existencia de campos de concentración.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el discurso negacionista se arraigó en torno a sus dos estrategias clásicas. Por un lado, la relativización de los crímenes nazis a partir de la comparación con los que hicieron los aliados (donde se tomó como ejemplo los ataques de Hiroshima y Nagasaki); por el otro, la existencia de una especie de plan político destinado a transformar a los alemanes nazis en seres monstruosos, con el fin de demonizar a los vencidos. El libro de Bardèche, traducido rápidamente del francés al español, abrió sin tapujos el relato negacionista al afirmar el autor que “he aquí un libro que esperábamos tanto como esperamos ver disipada la cortina de humo que la propaganda democrática ha extendido sobre las naciones de Occidente, permitiendo que el bolchevismo complete su predominio en las almas y en la plaza pública”(2).

Desde este libro en adelante, Núremberg sería interpelado sucesivamente en términos jurídicos, para mostrarlo como una especie de jugada traicionera en el ámbito internacional que solo venía a evidenciar el plan judío, comunista y anti-occidental de las democracias vencedoras.

Revistas como Dinámica Social o Combate empezaron entonces a propagar el negacionismo, mientras agrupaciones como Tacuara reivindicaron una postura nacionalista, anticomunista y anticapitalista a la vez que, en un discurso sobre una “tercera vía para el desarrollo de occidente”, mezclaba el antisemitismo con el anti-sionismo, en una suerte de reivindicación católica y peronista, intentando interpelar a la derecha peronista, que nunca fue abiertamente antijudía.

El discurso negacionista se haría también eco en la Academia. Julio Irazusta, al ser incorporado a la Academia Nacional de la Historia, diría abiertamente que el Holocausto era una gran mentira.

El Negacionismo en la disputa social

En 1976, a meses del Golpe de Estado, la aparición de la Revista Cabildo proponía un discurso antidemocrático, antiliberal, anticomunista y una reivindicación, desde sus concepciones escolásticas tomistas, del medioevo y el hispanismo, en la divulgación a la vez de una suerte de teoría conspirativa de la historia, que daría lugar a una reivindicación del Negacionismo.

Siguiendo la exposición de GRINCHPUN, esta revista durante la dictadura cívico-militar lamentó las faltas de ejecuciones públicas al estilo de Francisco Franco en España o Augusto Pinochet en Chile, y exponía que la Junta Militar se encerraba en el “tema de los desaparecidos”, lo cual, según ellos, le permitía a la subversión la posibilidad de volver y atentar contra el régimen militar. De esta forma, las impugnaciones a Núremberg y al temido regreso de la subversión, se mezclaron discursivamente en conceptos como “guerra sucia”, “desaparición de personas”, “robo de bebes”, etc., que eran consideradas falacias como las expuestas en los ataques a la Alemania Nazi. 

Podría decir que hay, entonces, dos períodos en la re-construcción del negacionismo argentino(3). El primero, más institucional, se dio durante los años 1983-1999, y se caracterizó por la publicación de materiales que negaban la existencia de los actos genocidas(4), y cuestionaban los juicios a la junta militar, justificando y sacralizando su accionar, en base a los mismos argumentos de ilegalidad con el que se impugnó a Núremberg.

Se ampliaron así en los medios de comunicación, “las otras versiones” sobre los hechos en torno al período dictatorial. A Cabildo le siguió la publicación en 1983 de Alerta Nacional de Alejandro Biondini, que explícitamente atacaba al gobierno de Raúl Alfonsín y difundió antisemitismo y antisionismo, ambos presentados como enemigos de la humanidad, afirmando al “mito de los 30 mil desaparecidos” como una “invención judía”

El discurso antisemita del Negacionismo se fundió en el primer período con las deslegitimaciones a los Organismos de Derechos Humanos, en exposiciones que iban a la par: a los “no fueron 30 mil”, se renovó el “no fueron 6 millones los del holocausto”, a “la invención de los centros clandestinos de detención”, se renovó “el mito de las cámaras de gas nazi”, a la “conspiración marxista entre montoneros, guerrilleros y Alfonsín”, se renovó “la conspiración sionista mundial”, etc.

¿Un nuevo negacionismo?

En el segundo período Negacionismo desde el 2003 a la actualidad, la estrategia discursiva cambió. Sin dejar de retomar las reivindicaciones de la lucha de los militares, comenzó con más fuerza la necesidad de postular la memoria en términos de “escuchar las dos campanas”. Cuenta con un antecedente: la aparición de FAMUS (Familiares y Amigos de los MUertos por la Subversión), en los 90’, que “combinó proselitismo negacionista con una reivindicación del derecho a un reconocimiento social de los muertos en acciones llevadas adelante por las organizaciones armadas en los años setenta”(5).

El Negacionismo trata, así, de igualar una aparente memoria por parte de las “víctimas de la guerrilla” con la memoria construida como política de Estado por parte de los organismos de Derechos Humanos, atacando nuevamente la vuelta a los juicios por delitos de lesa humanidad que habilitó la gestión de Néstor Kirchner, a quienes caracterizaron como “guerrilleros vengativos”.

A pesar de esta división, que he expuesto a efectos prácticos para un análisis histórico, el recorrido del Negacionismo en la Argentina ha combinado la perspectiva revisionista de la derecha y el Negacionismo del Holocausto, en el intento de forjar una representación simbólica que penetre en el sentido común de la sociedad argentina, en su subjetividad, para re-narrar la historia negando lo que fue en materia de dolor y muerte la última dictadura cívico-militar. 

Estamos entonces ante un hecho muy peligroso. Negar que existe el Negacionismo, como fue expuesto en muchos medios, y hasta por referentes respetados en materia de Derechos Humanos, desnaturaliza el pasado reciente de la Argentina, trayendo de vuelta la Teoría de los Dos Demonios, además de un posible discurso antisemita en la sociedad argentina. Y esto es así porque el discurso Negacionista existe y es visible en todos lados, y forma parte del sentido común de cierto sector de la derecha, que prescinde de toda justificación científica. Un peligroso discurso que, bajo una aparente “libertad de expresión”, intenta cuestionar el futuro proyecto de ley.

La Democracia, como sistema, no es el imperio de que todo lo que se dice, vale. Una especie de opinología sin sentido. La Democracia, para subsistir, no puede permitirse discursos que la atacan directamente, ni aquellos que son discriminadores de los Pueblos Indígenas, de los migrantes latinoamericanos, de gays y lesbianas, personas trans, o de muchos más que son y somos vistxs como enemigxs de una aparente occidentalidad homogénea.

Tras cuatro años de Macrismo, donde la desvalorización de los Organismos de Derechos Humanos fue una constante, estamos en un momento único donde, quienes defendemos realmente la democracia y la pluralidad, no podemos darnos el lujo de subestimar los discursos negacionistas que nos disputan el espacio de creación de sentidos comunes y de construcción de subjetividades que atraviesa e interpela a la sociedad constantemente.

El mundo, retomando a Freire, está siendo y debemos seguir haciéndolo un lugar más plural, más democrático, más inclusivo. Una ley que promueva la sanción del Negacionismo solo fortalecería nuestra sociedad para poder seguir diciendo: MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA Y NUNCA MÁS.

Citas y referencias

  1 -  GRINCHPUN, Boris Matías. ¿Por una memoria completa? ‘Revisionismo’ del Holocausto y del Terrorismo de Estado en Argentina, 1945-1990. En: Iberoamérica Social. Número especial. Vol. 3, pp. 5

2 - Citado en GRINCHPUN, B. M., Op. Cit., pp. 7

3 - Hago una interpretación propia siguiendo el texto de RANALLETTI, Mario (2009). “Apuntes sobre el negacionismo en Argentina. Uso político del pasado y reivindicación del terrorismo de Estado en la etapa post-1983”. XII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Centro Regional Universitario Bariloche. Universidad Nacional del Comahue, San Carlos de Bariloche.

4 - Ejemplo de esto fue el libro “La otra campana del ‘Nunca Más’”, cuya autoría ha sido atribuida a Miguel Etchecolatz, ex-comisario y ex-director general de investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, y uno de los mayores genocidas de la dictadura. Así mismo, también el “Documento Final de la Junta Militar sobre la Guerra contra la subversión y el terrorismo”, de abril de 1983, estuvo destinado a ser un instrumento de defensa de los militares al negar la existencia de los centros clandestinos de detención, declarar la muerte de los desaparecidos, y justificar la ley de Autoamistía impuesta por el gobierno de facto.

5 - RANALLETTI, M. (2009).  Op. Cit., pp. 11 

Por Renzo Molini

Profesor de Historia, maestrando en antropología. Apasionado de Latinoamerica, por colores, olores y sabores. Se ha abocado mayormente a las temáticas de la juventud, la educación crítica, la inclusión social, los Derechos Humanos, y la cultura popular y latinoamericana. Admirador de Paulo Freire y Salvador Allende.

Actualmente trabaja en la Universidad Nacional de Cuyo, en temáticas de Derechos Humanos, acceso a la salud y VIH/Sida. También en un proyecto en FLACSO-Argentina.

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