El cuento de la criada

Nolite te bastardes carborundorum

Por Milagros Martín Varela

Audiovisual Multiversos Expandidos / 01 JUN 2019

Ser testigo de una revolución.

“Nolite te bastardes carborundorum”. La primera vez que escuché esa frase, dejé el café que tenía en la mano, corrí a buscar mi agenda y una lapicera y ahí la escribí, para no olvidarla. Fue en esa hoja en donde la grabé en principio. Luego, en márgenes de cuadernos y de textos de estudio. Después, saqué la frase de los márgenes y de la letra chica para grabarla en mi piel y en mi mente, como un mantra. Hasta compré dos remeras en las que se puede leer, remeras que no uso en ocasiones al azar. Burlarme un poco de lxs bastardxs me da la misma satisfacción que a June burlarse de la República de Gilead con tan sólo -o tan mucho- decir su nombre: June, no Defred. No es de Fred.

“Nolite te bastardes carborundorum”. También la escribí en una pizarra que tengo en mi habitación, miles de veces en el papel de la factura que me dieron en la librería en la que compré la novela de Margaret Atwood. La uso como consejo para amigxs a lxs que veo sufrir y para las personas que amo contra aquellxs que lxs quieren pisotear. Dibujaría las letras en la arena de la playa, en grafitis en las paredes, en un cartel para ir a marchar. Busco no olvidarme de esas palabras, jamás. Aún no termino de aprenderla -o mejor dicho, de aprehenderla- pero ya me la apropié y no puedo darme el lujo de que algo o alguien me la arrebate.

“No dejes que los bastardos te hagan polvo”. Esa fue mi primera enseñanza al ver El cuento de la criada (The handmaid’s tale, Bruce Miller, 2017-actualidad). Solemos decir la expresión “me maratoneé una serie”, pero -en este caso- la serie me maratoneó a mí. Me llevó en una agitada, agotadora y transpirada corrida por -hasta ahora- 23 episodios hacia el mundo que no quiero. Me dejó sin aliento, como cuando me obligaban a correr en el colegio para aprobar Educación Física. Por momentos, sentía la ausencia del aire en mis pulmones. Violaciones “mensuales” llamadas “Ceremonias”, campos de trabajo forzoso y esclavo para mujeres “herejes”, la separación -también forzosa- de una hija de su mamá, el deseo en el paredón o colgando de él, la libertad mandada a vacaciones obligatorias, las mujeres como incubadoras con la complicidad de otras mujeres que mandan a cumplir nuestro “destino biológico”, los hombres torturando y decidiendo sobre los cuerpos de ellas. Todo en nombre de dios, del progreso, del bien para la humanidad.

¿Y cómo empezó todo? “Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso y el ejército declaró el estado de excepción. En ese momento culparon a los fanáticos islamistas”, relata June en su historia, contado en la novela de Atwood publicada en 1985. “Hay que conservar la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control.” ¿Eso lo escuchó June en los noticieros, o lo hago yo todos los días? “Yo no daba crédito. Como todo el mundo, ya lo sé. Era difícil de creer. El gobierno entero se había esfumado. ¿Cómo lo lograron, cómo ocurrió? Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa viendo la televisión y esperando instrucciones. No existía un enemigo al cual denunciar.”

Y continúa: “Durante semanas las cosas continuaron en ese estado de inmovilidad momentánea, aunque en realidad algo ocurrió. Se instauró la censura para la prensa y hasta se cerraron algunos periódicos aduciendo razones de seguridad. Empezaron a levantarse las barricadas y a aparecer los controles de identificación. Todo el mundo lo aprobó, dado que era obvio que ninguna precaución resultaba excesiva. Dijeron que se celebrarían nuevas elecciones, pero que llevaría algún tiempo prepararlas. Lo que hay que hacer, declararon, es continuar como de costumbre.” Pero, mientras decían eso, transfirieron los fondos de las cuentas bancarias de todas las mujeres a las de sus esposos o al familiar varón más próximo, las dejaron sin trabajos y los hombres empezaron a ocupar todos los puestos que a ellas les arrebataron. Las mujeres ya no podían tener nada de su propiedad por ley.

Compré el libro en un acto desesperado por saber más de June y de su historia, por ser parte de ese acto -o pacto- de esperanza por el que toda persona que escribe una historia lo hace: porque si contamos, se la contamos a alguien. La esperanza está en saber que hay unx otrx, que tanta soledad puede amortiguarse con el para nada simple hecho de escribir, de relatar, de contar. Como sucedió con la serie, no me devoré la novela, ella me devoró a mí.

Lo compré y leí en mayo de 2018, cuando el debate por la legalización del aborto se había instalado en toda la Argentina y en otros varios países del mundo, como Irlanda. Las criadas llegaron (siempre estuvimos) aquí y allá. Allá tuvieron más éxito que acá, porque la interrupción voluntaria del embarazo se convirtió en ley el 14 de diciembre, mientras que aquí el Senado se opuso el 8 de agosto, con la promesa de que no seguiríamos siendo criadas, que salvarían las dos vidas, que debía fortalecerse y financiarse el programa de Educación Sexual Integral (ESI) y que habría contención para las mujeres con embarazos no deseados. Pero no. Se opusieron a modificar la ley de ESI para que su aplicación fuera efectiva bajo el lema “con mis hijos no te metas”, hicieron campañas para obstruir abortos legales bajo las causales contempladas desde 1921, sometieron a niñas a torturas obligándolas a parir a través de cesáreas y siguieron muriendo mujeres por abortos clandestinos.

Con pañuelo verde atado al cuello, a la muñeca, en la cartera o en la mochila, yo seguía leyendo a June. Mientras escuchaba (aún lo escucho) por ahí que el feminismo y la lucha por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito es una “moda”; June me contaba -a través de Margaret- que de chiquita acompañaba a su mamá a algunas marchas en las que había pancartas con las siguientes leyendas: “Libertad para elegir”, “queremos bebés deseadxs”, “rescatemos nuestros cuerpos”, “¿crees que el lugar de la mujer es la cocina?”.

Y, mientras los curas, obispos y gran parte de la religión cristiana -católica o no- nos señalaban con el dedo y nos daban lecciones sobre sexualidad, feminidad, familia, matrimonio y nos decían cómo ser mujer; en tanto que puertas para adentro se seguían (y siguen) perpetrando los abusos sexuales eclesiásticos a niñxs y sus respectivos encubrimientos, me encontré con la versión del “padre nuestro” de June. 

Fragmento de la novela "El cuento de la criada", de Margaret Atwood (1985) Capítulo XI: "La noche". Páginas 269-271, Salamandra, 9na. edición. Música de fondo: Promenade of Stolen Children - Adam Taylor - From The Handmaid's Tale (Original Soundtrack). Voz: Milagros Martín Varela

 

La liberación de las criadas

Alejandra (Pizarnik) dice, al declarar “Soy mujer”, que un entrañable calor la (nos) abriga cuando el mundo nos golpea: somos nosotras mismas.  “Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero”, reza la poeta. A las mujeres nos educaron para el individualismo, para la competencia, para la envidia, para el rencor hacia la otra. Porque unidas no les convenimos. Ya nos abrazamos una primera vez y así se ha mantenido el feminismo, a veces más visible que otras, durante los siglos: en cada grito colectivo de “Ni una menos”, en cada “Me too”, en cada “Time’s up”, en cada “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”, en cada grito de las que quemaron; en cada silencio, denuncia, clamor de las que han matado y siguen matando cada 30 horas en Argentina.

El feminismo ya no es uno solo, son muchos, somos muchas. El cuento de la criada vino para acercarme -para acercarnos, porque lo personal es político y lo político, colectivo- esa historia del mundo al que no queremos llegar y que nos crispa la piel al mostrarnos a lo que ya hemos llegado. Pero también vino, y vendrá sobre todo con la tercera temporada de la serie y la secuela de la novela, a recordarnos que la resistencia somos -siempre, históricamente, hemos sido- las mujeres.

“Creo en la resistencia del mismo modo que creo que no hay luz sin sombra o, mejor dicho, no hay sombra a menos que haya luz”, dice June. Siempre han querido mantener a las mujeres en las sombras, pero los feminismos son luz que llegó para quedarse. Luz que brilla, que teme pero que tiene coraje, que no se esconde en la noche porque amamos, escribimos, danzamos y soñamos en la noche. Porque resistimos en ese abrazo colectivo, en esas marchas para gritar, reír, llorar, cantar y bailar juntas, porque una revolución sin baile no es revolución y porque las mujeres no dejaremos que los bastardos nos ni la hagan polvo.

Por Milagros Martín Varela

  • Padre Nuestro.

    Fragmento de la novela "El cuento de la criada", de Margaret Atwood (1985) Capítulo XI: "La noche". Páginas 269-271, Salamandra, 9na. edición. Música de fondo: Promenade of Stolen Children - Adam Taylor - From The Handmaid's Tale (Original Soundtrack). Voz: Milagros Martín Varela

Contanos que te pareció