Julio Argentino Roca

Sí fue un genocida

Por Renzo Molini

Historia y DDHH Opinión / 09 MAY 2018

En momentos de expresiones que tratan de justificar cualquier acción, recordar es la herramienta de la historia para dejar de perpetuar discursos excluyentes.

Hacer “historia”, es decir, no “la historia”, que en definitiva la hacemos todos porque somos protagonistas de la misma en tanto sujetos colectivos que transformamos nuestro contexto una y otra vez; sino “historia” como ciencia en el gran conjunto del basto universo de las ciencias sociales y humanas, representa a mi criterio no solo un placer en su proceso (la investigación minuciosa, la recopilación y comparación de fuentes, el abordaje interdisciplinario, etc.), sino también un acto responsable. Bastante grande me atrevo a decir.

No por nada, Mitre, ese “prócer” (que de prócer no tiene nada), creó la Academia Nacional de la Historia pensando en la necesidad de formar al futuro argentino. Es decir, entendía que para la consolidación de la nación como imaginario nacido de la revolución francesa a nuestros días, era necesario generarle mitos, sostenerla en su recorrido, pensar en que tuvo como entidad una fundación un poco más, un poco menos, mística al fin, capaz de despertar toda clase de sentimientos de amor a un abstracto unido a un suelo.

Funcionó o, al menos, pos-revolución francesa, la nación como entidad se impuso ante la agonía de las monarquías “absolutistas”.

Y así se crearon los grandes mitos nacionales.

A veces algunos siguen sostenidos, en muchos casos más que por su sacrificio, lo son porque representan mentes avanzadas para su época. Por ejemplo, es conocida la frase de San Martín en contra de los terratenientes, a quienes detestaba profundamente porque no les importaba seguir siendo colonia. En definitiva, el terrateniente, el oligarca, tan viejos como actuales, no les importaba la libertad o el gobierno propio (¿acaso ahora si?), pues vivían a expensas del imperialismo de ese entonces (¿acaso ahora no?).

Sin embargo hay personajes de nuestro pasado que no resisten el mínimo análisis, al menos no, si uno en la tarea ardua del historiador realiza un trabajo serio de lectura de fuentes, lo que no significa que sea objetivo. La objetividad en la historia, o la pretensión de la misma, es absolutamente falsa como falaz su intento. Hacer historia no es objetivo, es subjetivo.

Pero entendiendo esto, no podemos dejar burdamente dicho “que se diga cualquiera”. 

Políticas de la crueldad

Con Roca pasa precisamente eso.

Hace poco leí una negación de Roca como genocida. Tal vez es difícil la traslación de la palabra “genocidio”, que nació en un contexto determinado en Europa para categorizar y dotar de entidad a los graves hechos que los alemanes habían perpetrado sobre el pueblo judío y tantos otros (y que no es patrimonio exclusivo de los alemanes). Pero que sea difícil, no significa que sea incorrecto. Al fin y al cabo, como dice el historiador Walter del Río, los historiadores lo hacemos todo el tiempo porque es la herramienta también de aprender y aprehender mejor el pasado, ¿o acaso estaría mal si nos preguntamos por la relaciones de poder y hegemonía en las dinastías persas? ¿O preguntarnos por las formas de biopoder para sostener las sociedades de las polis griegas? Todos esos conceptos que surgieron en el avance de las ciencias sociales y humanas en el S. XX.

Hablar de que Roca generó un genocidio sobre los pueblos indígenas del sur de nuestro país es reconocer que realmente fue eso: una incursión armada, desde el estado creciente, sobre un espacio ocupado por poblaciones que ya lo poseían desde mucho tiempo antes, con el objetivo de diezmar a la población, despojarlos y ocupar sus territorios, secuestrar sus recursos y desintegrarlos culturalmente.

El exterminio del que fueron objeto fue llevado a cabo con la obsesión de la “limpieza de la nación”, de quienes Roca consideraba “salvajes”: “Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes...”.(1)

La mal llamada “Conquista del Desierto” cumplió su cometido. La nación se forjaba bajo la violencia del estado sobre las poblaciones que históricamente habían vivido en sus territorios.

A 200 años del nacimiento de Karl Marx, aún resuena con fuerza y realidad su: “la violencia es la partera de la historia”.

El antropólogo Carlos Martínez Sarasola, explica las formas de esta violencia por parte del Estado-Nación Argentino sobre las poblaciones indígenas, en su ya conocido libro Nuestros paisanos los indios, cuando expresa: “Un sinnúmero de factores, producto inmediato de la derrota de las culturas libres, golpean la vida comunitaria, desarmando estructuras políticas, sociales, económicas, aislando a sus miembros entre sí y disolviendo rápidamente los valores tradicionales. Estos factores son los siguientes: a) exterminio sistemático; b) prisión; c)confinamiento en “colonias”, d) traslado a lugares extraños y distantes de su tierra natal; e) incorporación forzada de nuevos hábitos y/o formas de vida; f) supresión compulsiva de las costumbres tradicionales; g) desmembramiento de las familias; h) epidemias”. (2)

Sin duda, el exterminio fue lo que supuso la Conquista del Desierto, a la que le siguió las otras formas de violencia enumeradas por Sarasola, algunas aún persistentes hoy contra las Comunidades Indígenas (¿o alguien puede negar que niños Wichí mueren de cólera en el oeste de nuestro país?).

Por supuesto que, en esta pasión de escribir algo de la historia, no podemos negar la violencia de las poblaciones indígenas, pero muy diferente es esta en poblaciones donde el exterminio del otro no existía en su cosmovisión, así como el hecho de que muchas veces respondía a acciones que los grupos blancos habían provocado primero sobre los territorios indígenas.

La violencia que el Estado argentino, y el ejército de la mano de Roca, llevó a cabo de forma planificada y sistemática en aras de la “civilización” y “el progreso” de país, fue una práctica que sí podemos catalogar de genocida.

Daniel Feierstein escribe en Seis estudios sobre genocidio, que este último es un proceso de largo plazo, caracterizado por él por una serie de varias acciones. Voy a tomar dos concretas que considero que completan el cuadro explicado por Sarasola.

Por un lado lo que denomina como construcción de la otredad negativa, es decir la calificación del otro por oposición negativa, que es en definitiva por su descalificación: el indígena era todo lo que no representaba la civilización “blanca y europea”. Era considerado el fracaso, el atraso, el inculto, el bárbaro o salvaje. El positivismo y spencerismo del siglo XIX entraba de lleno en el país de la mano de Roca, a fuerza de las armas y la crueldad sobre las poblaciones originarias.

El concepto de “raza” llegaba para imponer la lógica del exterminio.

Por otro lado, la realización simbólica, esto es el exterminio del recuerdo. Esta es una práctica discursiva muy usada para negar la acción del genocidio, que implica varios argumentos falaces, algunos de los cuales por ejemplo otorgan a las comunidades indígenas del sur acciones de agitamiento a favor del Estado Chileno (como si ese estado-nación no los hubiera perseguido y exterminado, o como si se hubieran reconocido parte del mismo); otros de la mano del mismo Roca atribuyen un aparente intento de evitar las matanzas cuando expresa “en esta campaña no se arma vuestro brazo para herir compatriotas y hermanos extraviados por las pasiones políticas, para esclavizar o arruinar pueblos, o conquistar territorios de Naciones vecinas. Se arma para algo más grande y noble: para combatir por la seguridad y el engrandecimiento de la Patria, por la vida y fortuna de millares de argentinos, y aún por la reducción de esos mismos salvajes que tantos años librados a sus propios instintos, han pesado como un flagelo en la riqueza y bienestar de la República”, como si para la tarea de escribir la historia fuera suficiente realizar un análisis crítico desde el puño y letra del mismo perpetuador de los actos de crueldad;  y otros discursos/argumentos implemente implican la negación de las matanzas durante y posteriormente a las campañas de conquista, cuyos prisioneros eran trasladados a verdaderos centros de detención y concentración de tratos inhumanos.

En Valcheta, Río Negro, habían cerca de 20.000 indígenas sometidos en un centro de detención: “El núcleo más importante estaba en las cercanías de Valcheta. Estaban cercados por alambre tejido de gran altura, en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos, ellos sabían que éramos galenses del Valle del Chubut. Algunos, aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor). (…)” (3)

Estos lugares de concentración eran verdaderos campos de la muerte. Un relato expresaba: “Decían como los ataban, cuando los arreaban, dice que arreaban las personas las que iban así embarazadas cuando iban teniendo familia le iban a cortar el cogote del chico y la mujer que tenía familia iban quedando tirao, los mataban. Venían en pata así a tamango de cuero de guanaco, así decía mi abuela. Los llevaban al lugar donde los mataron a todos, de distintos lados, los que se escaparon llegaron para acá. Dios quiera que nunca permita eso de vuelta” (4)

Esta práctica de crear campos de detención y reclusión no puede no ser catalogada de una práctica genocida de parte del Estado.

El pasado pensado: Una historia responsable

Lo más importante de entender la realización simbólica, y por el cual la traigo a colación, es que visibiliza como trata de imponerse un discurso para justificar las acciones cometidas contra esa otredad constituida previamente de forma negativa.

Así se los trató de borrar de la historia. Así se los trata hoy de continuar haciéndolo.

Hacer “historia” es conocer y reconocer la realidad. Que la misma tenga diferentes miradas no es una novedad. Que nos tengamos que ubicar en el contexto de la época, tampoco.

Pero no se trata de eso, se trata de que no podemos escribir “historia” en base a la realización simbólica en un proceso genocida, esto es como expuse, hacerlo exterminando el recuerdo.

Decir que Roca no fue un genocida, es exactamente querer eliminar el recuerdo de lo que significó a nivel de crueldad, sometimiento y exterminio la “Campaña del Desierto” en la consolidación del Estado-Nación argentino.

Hacer historia reivindicando este hecho de Roca, es hacer historia irresponsablemente, y como historiadores tenemos la gran responsabilidad de sostener la memoria y el recuerdo.

Por Renzo Molini

Referencias

1 Carta de Julio Argentino Roca a Dardo Rocha. 23 de abril de 1880, cit. En Viñas, David. Indios, ejército y frontera; pp98.

2 MARTÍNEZ SARASOLA, Carlos. Nuestros paisanos los indios. Del Nuevo Extremo. 2011; pp. 404-405.

3 Evans, Clery, John Daniel Evans, Chubut, El Molinero, 1994, pp. 92-93, citado por DEL RIO, Walter. Del No-evento al genocidio. Pueblos Originarios y políticas de estado en la Argentina; pp. 225.

4 Catalina Antilef, Futahuao, Chubut, 2005, citado por DEL RIO, Walter. Op.Cit.; pp. 228-229

Sobre Renzo Molini

Sobre Renzo Molini

Profesor en Historia por la UNCuyo,  antropólogo social y cultural de oficio. 

Latinoamericanista.

Ha hecho capacitaciones sobre juventud, educación crítica, inclusión social, derechos humanos, cultura popular y latinoamericana.

Tiene cuatro publciaciones, una sobre vih y derechos humanos y otra sobre educación en base al reconocimiento de la diversidad emergente.

 

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