Reflejos

Teatro de alto vuelo

Por Leonardo Dolengiewich / Fotos Leandro Fernández / Argot Prensa

Teatro Cobertura / 25 NOV 2019

Una obra de espejos, una obra incómoda, una obra que pregunta, que interpela.

Con texto de Matías Feldman, dirección de Ariel Blasco y un elenco de grandes actrices y actores (Tania Casciani, Manuel García Migani, Eliana Borbalás, Diego Amador Nogara y Alejandra Trigueros), lxs mendocinxs tenemos al alcance de la mano teatro de alto vuelo, una obra que se destaca en la creciente oferta con la que contamos.

Una empresa. Un puesto jerárquico vacante. Dos candidatxs. Las miserias que quedan a cielo abierto cuando se tiene poder o posibilidad de acceder a él. Un personaje raro, inquietante, freak. Situaciones que se espejan: lo que significa (y lo que no) el puesto para cada candidatx, revelaciones a las que dos personajes acceden en sueños o en trances, una muerte en el agua y tantas más.

El guión es ajustadísimo; no da respiro, va en un in crescendo de tensión; propone ciertos visos de humor liviano en el comienzo pero el clima se va poniendo más dramático y denso a cada segundo que pasa y el poco humor que se sostiene tiene también ese tinte sombrío, esa carga pesada, incómoda. Es una obra en la que lxs personajes se preguntan y nos dejan preguntas abiertas sobre la justicia, la ética y, sobre todo, el (sin)sentido de la existencia humana.

Las actuaciones son excelentes. Lxs personajes están muy bien trabajados, sólidamente construidos: desde la personalidad hasta la corporalidad y el vestuario de cada unx de ellxs, desde la misteriosa y oscura frialdad de Morgan hasta la obsesiva, casi insoportable, corrección de Gámez. Lo más logrado es la profunda humanidad que destilan todxs: en algún momento, cada unx duda, se retracta, se equivoca, se pregunta; no hay personajes estereotipadamente buenos o malos. Por momentos, la obra amaga con caer en clishés, pero siempre termina siendo para esconder alguna sorpresa.

Toda la atmósfera sombría y la protagonista recuerdan a los climas y les personajes de las novelas de Onetti y el final trae a la memoria, justamente, el desenlace de Dejemos hablar al viento. Aun así, la obra no se priva de visitar paisajes fantásticos y policiales.

Un gran acierto es la escenografía mutante: la obra se desarrolla en distintos escenarios, pero nunca se apaga la luz ni se cierra el telón (ni siquiera hay telón). Nada cambia de lugar. Simplemente, con el cambio del foco de la iluminación, el público accede a saber que se pasó de una escena a otra. Incluso, por momentos, hay personajes que quedan fuera del foco y no hace falta que se retiren para no estar.

El final es impactante y, después de que terminan el aplauso largo, lxs espectadorxs quedan, por un rato, con la mirada fija en algún punto hasta que logran suspirar y levantarse de sus asientos.

Es una obra maravillosa por donde se la mire. Es una obra para ver varias veces porque es muy impactante, porque interpela y porque tiene una potencia semántica enorme. De hecho, cuando se la ve por segunda (ni qué decir cuando es por cuarta o quinta) vez, ya lejos del riesgo de la sorpresa y el shock emocional que produce, se van develando las sutilezas, las capas de información, los detallitos y detallazos que no se llegaron a detectar antes.

 

Si no la has visto, te la recomiendo. Si la viste, te recomiendo ir nuevamente. El martes 26 de noviembre es última función del año, a las 22 hs., en la sala buffet del Teatro Independencia (entrada por calle Espejo).

Por Leonardo Dolengiewich / Fotos Leandro Fernández / Argot Prensa

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