Mi humo al sol

Todo aquello que lleva años sin ser dicho

Por Leonardo Dolengiewich

Teatro Cobertura / 21 NOV 2018

Un reencuentro. Dos mujeres que tienen mucho por decirse. Tensión de principio a fin. Mi humo al sol, una obra que se ve con las muelas apretadas.

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

Mario Benedetti

Un encuentro tan anhelado como temido se produce por fin después de veinte años. A Natalia le llega una visita a la casa, irrumpe en su refugio una presencia que es el espejo ante el cual se verá obligada a repasar las vivencias de soledad y desamparo de toda una vida; vivencias que nunca pudieron ser escondidas del todo bajo la alfombra y a las que ahora tendrá que mirar cara a cara y ponerles nombre. No hay casco que pueda conjurar el pasado.

- Yo… quería verte… Si estás ocupada…
- Está bien.
- Perdón.
- Está bien. No estoy ocupada.
- No quería aparecer así.
- Pasá.
- Pero…
- Sentate.

Así, Natalia decide abrirle la puerta a esa mujer que llega, elige sacarse el casco y mirarse desnuda frente al espejo, ver y mostrar ese cuerpo marcado por la soledad, por las respuestas que nunca le fueron dadas y las que se tuvo que construir. Así, entre frases cortadas y dubitativas, entre miradas duras de una y suplicantes de la otra, dos mujeres se miden, se esquivan, tratan de reconocerse.

Así, el espectador entra de un empujón en un clima tenso. Se encuentra de repente en el comedor de una casa, siendo testigo de una escena íntima, casi con vergüenza de estar ahí, pero con avidez de saber más, de entender quiénes son esas dos mujeres, por qué se buscan, por qué se repelen, por qué el clima es tan denso, por qué uno está apretando las muelas.

Tienen mucho por decirse y no van a perder el tiempo. La obra discurre entre silencios, diálogos y monólogos. Los diálogos son casi todos tensos, cortados. Por momentos, eso afloja un poco y las dos recuerdan con dulzura y complicidad vivencias de tiempos lejanos, hasta que el clima vuelve a cortarse. Los monólogos son verborrágicos. Muchos de ellos nacen de la necesidad de tapar los silencios; o de no decir las verdades profundas que están en el aire y que no necesitan muchas palabras para ser pronunciadas; otros, son igualmente verborrágicos, pero cargados de contenido dolorosísimo.

El principal acierto de esta obra es el texto (escrito por Manuel García Migani, también director de la obra): un guión ajustado, tenso, cargado de sentido; un texto iceberg, con un subtexto inconmensurable. La información se va presentando a cuentagotas. Cada dato llega en el momento en el que tiene que llegar y es un gancho al cuerpo del espectador. Es un texto riquísimo, que da la información justa e invita al lector/espectador a completar el sentido.

Otro punto alto de la obra son las interpretaciones de Miranda Sauervein y Elena Schnell. Actuaciones maravillosas, sin estridencias innecesarias y tan punzantes como el texto: encarnaciones logradísimas del dolor, de las dudas, de la ternura, de la angustia, de todo aquello que lleva años sin ser dicho.

La puesta es simple, casi minimalista, sin más elementos que los necesarios. Todo está ahí por algo. La escenografía realista hace que el espectador se meta de lleno en la cotidianidad de la vida de Natalia. Otro acierto. Ahora bien, ese clima de intimidad estaba mucho más logrado en los primeros tiempos de la obra, cuando tenía lugar en otra sala, más chica, con menor capacidad, en la que había mucha menos distancia entre el escenario y el público y en la que realmente uno se sentía muy adentro de la escena y, por ejemplo, hasta el último espectador llegaba a leer los subtítulos de la película que se ve en el televisor en los primeros minutos.

Esta fue la última presentación del año en Mendoza para esta obra que ya transita el final de su sexta temporada, que anduvo por España en 2017 y que ahora se va a Buenos Aires a participar en el festival de teatro independiente La Monse Fest. Ojalá tenga muchas temporadas más y, así, quienes no la han visto aún puedan hacerlo y quienes ya somos reincidentes podamos seguir deleitándonos.

Por Leonardo Dolengiewich

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