COVID-19

Virus, Capitalismo y Exclusión

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 28 MAR 2020

En tiempos de pandemia, pensar a la humanidad y su relación con la salud y la enfermedad a lo largo de la historia nos permite entender en qué medida no debemos sucumbir a los peores virus: la indiferencia, la discriminación y la exclusión.

Jamás olvidaré aquel espantoso verano, hace dieciséis años, en que, como un demonio maligno de las moradas de Eblis, se propagó el tifus solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese año por dicho azote satánico, ya que un auténtico terror se cernió con membranosas alas sobre los ataúdes amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay un horror mayor aún que data de esa época: un horror que sólo yo conozco, ahora que Herbert West ya no está en este mundo. H.P.Lovecraft

En la actualidad asistimos a una epidemia nueva que se presenta como un gran desafío para la humanidad. No solamente por la clara situación de jaque en que ha puesto al sistema de salud a nivel mundial, tampoco por la crisis económica que se avecina inevitablemente ante el parate de la producción capitalista, culpable en casi todos los sentidos de lo que está ocurriendo, sino también porque esta situación da lugar a “virus” mucho más peligrosos y, definitivamente, más difíciles de vencer. Me refiero a la exclusión, la discriminación y la indiferencia, siempre presentes.

Podría argumentarse que no, que precisamente eso no es lo que ha sucedido, que la gente ha decidido, al menos en el caso de la Argentina, hacer la cuarentena, respetar los límites, pensando siempre que ahora soportamos lo peor para luego estar mejor como sociedad y no caer en los trágicos números de Italia o España. Sin embargo, hay sobrados ejemplos en la historia para entender que, cuando aparece una enfermedad nueva a la que el paradigma biomédico no puede dar una respuesta, se suscitan en la sociedad los miedos que justifican culpar el comportamiento de lxs demás.

La Peste Negra

Todxs hemos conocido, de alguna u otra manera, lo que fue la llamada peste negra en la Europa Medieval. Abundan las leyendas en torno al tema, así como libros de historia que no dejan de recoger los relatos orales que se extendían en ese momento y cuyas atribuciones a las causas eran siempre fantásticas o míticas.

Si bien la peste siempre existió, con mayores o menores picos, no fue hasta 1346 y 1347 que se extendió de forma masiva por Europa, potenciada por la Gran Hambruna de 1315-1322 (1), que llevó a un incremento del comercio marítimo con Asia a través del Mediterráneo, y exaltó los mayores miedos de lxs habitantes del medioevo.

Trasladada a través de las ratas y otros roedores (2), las culpables reales fueron las pulgas, que pasaban la bacteria yersinia pestis al ser humanx a través de su picadura. Esto generó tres variantes de la enfermedad: la peste septicémica, la peste neumónica y la peste bubónica, de mayor extensión. En cálculos duros, se estima que la población europea en esos años ascendía a 80 millones de personas y, hacia 1353, momento en que la peste remite fuertemente, sólo quedaban alrededor de 30 millones. Prácticamente aniquiló a ⅔ de la población (3).

En las explicaciones sobre los motivos de la peste, la Universidad de París de la época elaboró un profundo análisis de la situación. El llamado Compendium de Epidimia, expresaba múltiples causas, incluída una astrológica. Pero, de las elaboradas en ese Compendium, hay cuatro que quisiera resaltar porque atañen al comportamiento hacia la otredad: 1- el peligro del sexo, se identificaba que tener sexo era mortal, pues impurificaba el cuerpo y solo debía realizarse en caso de procreación; 2- no había que usar agua, era una época donde no había agua potable y se bebía mayoritariamente cerveza o agua ardiente pero, de todas maneras, recomendaban no usar agua en el cuerpo o las manos, lo cual solo vino a acrecentar el número de contagios ante la falta de higiene; 3- los gatos la producían y como animales relacionados con la brujería fueron cazados y sacrificados, lo cual sólo acrecentó el número de contagios al crecer el número de ratas; 4- la siempre y larga excusa de que la habían provocado los judíos.

Estas tesis llevaron a tomar medidas drásticas por parte de los monarcas: persecución y quema de mujeres acusadas de hechiceras, cierre y quema de burdeles (con la expulsión de las prostitutas) y la formación de cuadrillas que salían a cazar judíxs, incluso preventivamente (principalmente en los ducados que formarán la Alemania Contemporánea).

La peste reveló al extremo el “sálvese quien pueda”. Agnolo di Tura, un cronista de Siena, relata en sus textos este pánico: «El padre abandona al hijo, la mujer al marido, un hermano a otro, porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y la vista. Y así morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos ni por amistad ni por dinero. Los miembros de una familia llevaban sus muertos por una zanja, como podían, sin sacerdote, sin oficios divinos (...), y en muchos lugares de Siena se excavaron grandes pozos y se cubrieron con la multitud de muertos, y fallecían por centenares, de día y de noche, y todos eran arrojados en esas zanjas y cubiertos de tierra....» (4)

 

La Gripe Española

En 1918, a casi un año de finalizada la Primer Guerra Mundial, el mundo se enfrentaría a una de sus peores epidemias: la llamada Gripe Española, que aniquiló de 20 a 50 millones de personas en todo el mundo (5), devastando ciudades enteras entre 1918 y 1919.

No fue tomada en serio al principio por España, país particularmente afectado por el cual se le dio el nombre homónimo a la enfermedad, fue advertida inicialmente por los periódicos de la existencia de una nueva gripe de efectos letales. Era fines de mayo y se celebraban las fiestas de San Isidro en Madrid, a un año de la Gran Guerra, y la gente quería festejar. Y eso hizo.

No es que lxs españolxs fueran unxs desprevenidxs, sino que desde 1917 la fiebre ya era conocida entre las tropas de la Entente que, enfermas, comenzaban a diezmarse, pero no se había divulgado la noticia para no perder la Guerra ante los Imperios Centrales de la Triple Alianza. Se especulaba que, de darse a conocer las noticias y las bajas en sus tropas, estos podrían contraatacar con fuerza. De esta forma, los países involucrados en la guerra prohibieron la circulación de información sobre la enfermedad y solo se limitaban a enviar a algunos de sus soldados enfermos a sus hogares, expandiendo aún más el contagio.

Terminado el enfrentamiento bélico, las migraciones de trabajadorxs entre España, Portugal y Francia extendieron la gripe por el continente, mientras que a Estados Unidos (6), los soldados que volvían de la Guerra la llevaron consigo.

Las acciones tomadas tardíamente en España, fueron similares a las actuales con el Coronavirus: cierre de escuelas y universidades; control y desinfección del transporte ferroviario, teatros y fábricas; establecimiento de cuadrillas para desinfecciones de los trenes; y hasta el intento de prohibición de misas, que en muchos casos no pudieron hacerse ya que la alta religiosidad de la época comenzó a atribuir la gripe al estado de la cólera divina de dios y promover para su “solución” grandes misas públicas en las plazas. Los relatos del fin de la humanidad estuvieron a la orden del día.

Ironías de las nomenclaturas históricas, la Guerra Mundial no fue tan mundial y, en cambio, la gripe española no fue tan española y sí precisamente mundial, pues no hubo continente (salvo la Antártida) que no se viera afectado por ella.

La periodista y ensayista Laura Spinney en su libro “El jinete pálido” recorre la trama de significaciones y acciones llevadas a cabo en muchos países del mundo ante la pandemia y revela en estas cómo se tejió la discriminación y la exclusión en términos de xenofobia, clasismo y racismo.

En Estados Unidos se acusó a los barrios italianos y a los chinos de haber llevado la enfermedad, mientras estos últimos culpaban a los misioneros europeos asentados en Asia. En España se perseguía a lxs extranjerxs, principalmente lxs portugueses, mientras estxs señalaban a lxs españoles y en Polonia se acusaba a lxs rusxs. En Sudáfrica se estuvo peor, pues la responsabilidad recayó directamente sobre la población negra, siendo uno de los causantes del Apartheid. América Latina no quedó aislada del virus de la discriminación y en Brasil se impusieron cercos a las clases bajas, en la creencia de que por ser inferiores se contagiaban con más facilidad (7).

La gran importancia que tiene la Gripe Española no se debe solo a sus catastróficas consecuencias de mortalidad sino porque fue uno de los motivos para la creación de diversas instituciones preocupadas en la salubridad pública. Así, en 1919 en Viena, se creó una oficina internacional para la lucha contra las epidemias, cuya primeras discusiones fueron si debían ponerse en cuarentena y aislar a la población judía de la región. El constante virus del antisemitismo no daba tregua (8)

 

La “Peste Rosa”

Pero si vamos a poner como ejemplo diferentes epidemias para hablar de discriminación, no podemos evitar nombrar a aquella infección aparecida hacia los años '80. La llamada peste rosa contenía todos los ingredientes para el estigma, la discriminación y la marginación social.

En efecto, hacia 1981 comenzó a circular de forma masiva en los medios de comunicación estadounidenses la información de una “extraña neumonía” que afectaba a la población gay de California. A esta noticia, le siguió el reporte de ciertas infecciones similares en usuarixs de drogas inyectables, personas que habían recibido donaciones de sangre y haitianxs residentes en EE.UU.

Las asociaciones no se hicieron esperar y el clasismo, la xenofobia y la homofobia surgieron con fuerza en una sociedad donde los grupos protestantes y católicos atribuyeron el HIV_Sida a la ira de dios por las conductas depravadas provocadas por la liberación sexual.

El llamado Club de las cuatro H culpó de la infección a Homosexuales, Haitianxs, Hemofílicxs y Heroinómanxs y las teorías morales-raciales-religiosas les transformaron en lxs “tentados por el demonio”, “pecadores” o “condenados”.

La acusación fue mutando y, a pesar de todos los avances científicos en la materia, actualmente siguen sosteniéndose discursos discriminatorios sobre una multiplicidad de actores sociales, a los que se los considera “vulnerables” o “propensos” a contraer el VIH y/o Sida (personas en situación de prostitución, población trans, población LGBTIQ+, población negra, etc.), en una suerte de extensión moralista cercana a las prácticas médicas del SXVIII y el higienismo del SXIX, discurso que ya ha costado la vida al menos de 32 millones de personas desde comienzo de la pandemia.

El nombre de Peste Rosa cargó el estigma y la discriminación en su excesiva atribución a la comunidad gay y a la afección por Sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer de piel que genera manchas rosas y que fue asociado a la infección. Nombre que, si bien ya no se expresa, sí mutó en una condena discriminatoria hacia la diversidad y disidencia sexual, que es inherente a la sociedad. 

 

Los verdaderos virus

Siglo XXI, año 2020 ya hemos avanzado mucho como sociedad para poder mejorar nuestras respuestas a las diferentes infecciones o enfermedades emergentes. No solo a nivel médico, sino también a nivel social. Sabemos que podemos alejar las acusaciones de fantasmas antisemitas, o la atribución de  infecciones o enfermedades a grupos concretos de clases sociales o de diferentes arraigos étnicos o nacionales. Porque el problema no son las infecciones o enfermedades: ellas afectan a todxs. El problema somos las personas.

La cuarentena en Argentina reveló lo que son las pequeñas prácticas de la exclusión, las que (podría decir) se conocen como micro-fascismos. Vimos lugares donde la gente se avalanzaba sobre los supermercados, comprando en cantidades extensivas productos que claramente no iban a escasear, dejando a abuelxs sin productos básicos, porque otras personas los sacaron primero. La ley del “sálvese quien pueda” es lo que que ha originado esto. Porque el capitalismo, con esa destrucción masiva de la naturaleza que genera y promueve, con el consumo desmedido del ambiente, es eso, un “sálvese quien pueda”; el individualismo extremo donde le otrx no importa. Lo escuchamos cuando nos enteramos de los abusos de poder de la policía en Mendoza, que golpearon a un joven gay en un supermercado Walmart, al grito de “puto el pendejo”.

Lo vemos en Brasil, donde Bolsonaro pide la cuarentena solo para lxs ancianxs y que la economía se priorice por sobre la salud, porque solo le interesa la ganancia en los bolsillos de sus empresarixs amigxs. Lo vemos en EE.UU., cuando se estigmatiza a la comunidad asiática por el Coronavirus (como se estigmatizó a la comunidad gay por el VIH), y lo vemos cuando el republicano Gobernador de Texas, Greg Abbot, llamó a los abuelxs a seguir trabajando dispuestxs a morir por el “Gran Sueño Americano”, ese que no es otro que el consumismo capitalista del mundo, y la supremacía de la mercancía por sobre la humanidad y el ambiente. Eso ha llevado a esta pandemia y a otras pestes como la negra y la gripe española, las cuales fueron zoonosis que atacaron(9) al ser humano por la misma destrucción del planeta que hacíamos y estamos haciendo diariamente, tal cual pasa hoy con el CORAVID-19.

El extracto del cuento de Lovecraft con el que comencé la nota es un reflejo de eso: el gran escritor del horror quiso mostrar que, más allá de esa enfermedad aterrorizante que fue el tifus, hay otra cosa aún más tenebrosa: los instintos más bajos del ser humano. Hoy más que nunca debemos tener presente el pasado para no perder, ante la vorágine capitalista que va a tratar de reacomodarse y seguir devorando, nuestra más esencial humanidad: la preocupación por les otrxs y por el ambiente que nos rodea. Al fin y al cabo solo nos tenemos a nosotrxs mismxs y solo tenemos un mundo

Referencias y citas

1. FEDERICI, Silvia (2018). Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Tinta Limón. Bs.As., pp.85

2. Estudios recientes indican que el culpable podría ser no la rata negra, sino más bien el gerbillo, un tipo de roedor asiático. BBC News

3. BENEDICTOW, O.J. (2011) La Peste Negra, 1346-1353: la historia completa. Akal. Madrid.

4. GOTTFRIED, Robert (1989) La Muerte Negra. FCE. México, pp. 105

5. Oxford Academic

6. Recientes investigaciones expresan que, en realidad, fue al revés. El virus se originó inicialmente en los campos de entrenamiento en Kansas, EE.UU., desde donde se mandaron a los soldados norteamericanos a la guerra, y llevaron consigo el virus. A pesar de esto, hay otras dos tesis del origen de la enfermedad, que peuden buscarse en: SPINNEY, Laura. (2018) El jinete pálido. 1918: la epidemia que cambió el mundo. Crítica. España.

7. SPINNEY, Laura. (2018) El Jinete Pálido. 1918: la epidemia que cambió el mundo. Crítica. Madrid.​

8. KABBABE, Samir. (2019) La pandemia de Gripe Española: 1918. En Revista de Medicina Interna. Artículo especial. Caracas., pp. 59-65

9. Se denomina salto zoonósico o salto de especies a la “transmisión atípica de un patógeno desde un hospedador-reservorio a un hospedador nuevo”, en este caso, cuando un virus o bacteria específica de una especie animal, da un salto hacia el ser humanx, generando una infección o enfermedad. Fuente: Revista Anales Ramn

Por Renzo Molini

Profesor de Historia, maestrando en antropología. Apasionado de Latinoamerica, por colores, olores y sabores. Se ha abocado mayormente a las temáticas de la juventud, la educación crítica, la inclusión social, los Derechos Humanos, y la cultura popular y latinoamericana. Admirador de Paulo Freire y Salvador Allende.

Actualmente trabaja en la Universidad Nacional de Cuyo, en temáticas de Derechos Humanos, acceso a la salud y VIH/Sida. También en un proyecto en FLACSO-Argentina.

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