Colombia

El hartazgo de vivir una vida indigna

Por Pablo Paredes De Zárate / Fotos César Melgarejo / El Tiempo.

Sociedad Economía / 07 JUL 2021

El grito de una sociedad cansada de la pobreza, la desigualdad y la explotación. El Estado respondió con violencia, asesinatos y desaparecidxs

Han pasado poco más de 30 días desde que se inició el estallido social en Colombia y el pueblo, lejos de cansarse, sigue encontrando estrategias de resistencia para expresar su disconformidad, su enojo, y su cansancio. 

Es un acto de “desobediencia al estatus quo”, describió el profesor y especialista en historia colombiana de la Universidad de Boyacá, Jaime Pulido. “Es un cuestionamiento a la corrupción, a la inoperancia del gobierno con la gestión de la pandemia, a la economía, a la sociedad, a los asesinatos de líderes sociales, a las persecuciones”, sintetizó en una entrevista para Sin Retorno.

Parece difícil entender que Colombia, en plena pandemia -y con menos de un cuarto de su población con la primera dosis de la vacuna contra el coronavirus [1] - haya salido a la calle masivamente retrucando una larga tradición de conformismo, mezcla de desinterés y miedo. 

Números que duelen

Solo en los últimos dos años, según datos publicados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, (DANE) más de cinco millones de personas cayeron en la pobreza, multidimensional [2] y extrema.

El proceso neoliberal se asentó con tanta fuerza en este país que prácticamente no hay ningún servicio público. Todo fue privatizado. Para acceder a casi cualquier cosa hay que pagar, y mucho. A modo de ejemplo, Pulido explicó que en Tunja -capital de Boyacá, a dos horas de Bogotá- el agua pertenece a la extranjera Aguas de Barcelona; la electricidad es concesionada por una empresa de capitales canadienses; el servicio de telefonía celular está en manos de compañías de otros países y el gas le pertenece a Vanti, multinacional europea. 

En el caso de la educación superior, prácticamente toda la oferta es privada. Solo es público el 80% de la educación primaria y básica, pero en condiciones de enorme precariedad: aulas superpobladas, docentes mal pagos y exhaustos, edificios con poco mantenimiento, mínima dotación de materiales y dispositivos de tecnología y dudosos niveles de bienestar estudiantil. 

En su último informe, el DANE sentenció que hay 26 millones de personas pobres, de las cuales 10 millones están en condiciones de pobreza extrema. Esto representa un quinto del total de la población. Extraoficialmente, el desempleo se ubica entre el 24 y el 27 por ciento. Y les que trabajan, mayormente están en situación de informalidad con salarios bajos o con empleos autogenerados de mucha fragilidad para su sostenimiento.

La clase media fue pulverizada en las últimas dos décadas. La capacidad de ahorro y emprendimiento es casi nula y las familias “viven en un estado de desesperanza”.

El consumo de calorías diarias está entre los más bajos de América Latina. En la mayoría de las casas se sirven apenas dos comidas al día. “Es desastroso. Y hay empresas que botan alimentos porque quieren equilibrar precios para sujetar la ley de oferta y demanda. Es un escenario lamentable”, nos destacó.

A todo lo mencionado hay que sumar la violencia cotidiana con la que se convive -por diferentes factores y actores- desde hace más de 70 años. Colombia está segunda en el mundo como el país con más desplazadxs, producto de la violencia. Son más de 7,2 millones de personas que tuvieron que dejar su tierra para no ser asesinadxs. Esas tierras quedaron concentradas en grandes hacendados latifundistas, paramilitares y políticos del conservadurismo. 

Tampoco se debe dejar de mencionar las enraizadas prácticas del machismo; la violencia social, hacia las mujeres, les niñes y las minorías; la delincuencia, y los abusos, de todo tipo.

Antecedentes que avisaban del hartazgo

Pulido describe que, en general, la sociedad colombiana no suele expresar su malestar en las calles, no es de quejarse. Aunque hay algunos antecedentes de la historia reciente que dan cuenta de que el estallido es parte de un proceso amplio y doloroso.

Remontándonos a 1990, Colombia estaba desbordada por el narcotráfico. Era la época de apogeo de Pablo Escobar. Coches bomba, sucesos terroristas, asesinatos de candidatos a presidente -tres en menos de un año- y mucha corrupción y violencia signaron esos años.

Pero la juventud se expresó a través de la llamada “séptima boleta” y, aprovechando las elecciones presidenciales de 1990, lograron que se cree una asamblea constituyente que terminó con la redacción de una nueva constitución nacional, que reemplazó a la vetusta carta magna de 1886.

Finalmente, los gobiernos neoliberales del momento lograron minimizar los cambios profundos que se proponían. Pero la sociedad no olvidó.

En 2011 se constituyó la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), conformada por jóvenes, niñes y universitaries. No había banderas partidarias y la agenda de demandas era la estudiantil. El principal reclamo: acceso a la educación. Hubo marchas y asambleas en todo el país.

Dos años después, en 2013, las regiones de Boyacá, Nariño, Cauca y Tolima lideraron el Paro Nacional Agrario que el presidente Rafael Santos intentó desconocer con su frase icónica “el tal paro nacional no existe”. El campesinado, unas 11 millones de personas (23% de la población total), fue profundamente afectado por las leyes de libre comercio que llevaron a Colombia a importar el 70% de los alimentos que se consumen, cuando “sólo sería justificable el 10%, porque el país tiene las condiciones para producir el resto”. Por este tipo de medidas, la mayoría de lxs pequeñxs productores -dueños de hasta cuatro hectáreas- perdieron sus casas y sus parcelas en manos de los bancos porque no pudieron pagar los préstamos. A su vez, más jóvenes se fueron a la ciudad en busca de oportunidades y de empleos mal pagos.

Y, finalmente, el paro nacional de noviembre de 2019. “Fue el más multitudinario del país. Todos los movimientes sociales, los negros, los afros, sindicalistas, ambientalistas, mujeres, diversidades, estudiantes y trabajadores acompañaron la medida”. La pandemia “enfrío” las aguas, pero el enojo comprimido estalló de nuevo, a fines de abril.

¿Qué quiere la sociedad colombiana?

Pulido sostiene que la sociedad colombiana ha podido romper con el miedo, el desinterés y la obediencia que imponen las instituciones eclesiásticas, militares y gubernamentales. 

Con la pandemia, ”el encierro visibiliza el estado de indignidad, la pérdida de bienestar, la pobreza”. Y la sociedad se sincronizó en su indignación. Lo que se ve hoy es parecido la caída de Mubarak en El Cairo; los griegos contra el ajuste de la Unión Europea; el #ChileDespertó; los indignados de Ecuador contra el ajuste o el enojo en Madrid tras el estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria. 

Más que saneamiento básico, educación, salud, servicios públicos, dignidad, atención por la pandemia, subsidios, oportunidades de empleo y todo lo que se quiera sumar, lo que la sociedad reclama antes que todo es su papel como sujeto político.

“Hay un liderazgo colectivo, que es caótico y complejo, que relegó de la organización a la izquierda tradicional, que sigue jugando, pero no son vanguardia. Hay una adhesión espontánea de sectores que nunca estaban presentes. Es un movimiento social novedoso. Por eso el Estado es tan violento, porque no encuentra a un líder para cortarle la cabeza. Es una impotencia que lo lleva a la brutalidad y por eso la manera errática de manejar el conflicto”.

Una respuesta violenta

El Estado respondió con toda la violencia posible. La ONG de Derechos Humanos Temblores contabiliza unos 300 desaparecides. Hay también más de 40 muertes en distintas ciudades. 

Durante las noches de protesta, en los lugares más conflictivos se cortó la luz e internet, para que nadie pueda transmitir la represión. Los medios de comunicación hegemónicos siguieron aliados al poder, pero les periodistas autónomes y los medios comunitarios reportaron el terror.

El ESMAD, más conocido como “escuadrón antidisturbios”, reprimió con violencia y se valió de tácticas paramilitares para infundir el terror, torturar y violar los derechos humanos. Entraron encapuchados a casas de familias para amedrentar y destruir, para “crear al enemigo interno”, deslegitimar el estallido y justificar la acción policial. Hoy eso quedó al descubierto y se inició una investigación. 

Hacia adelante

Por la indignación nació la movilización, las formas de resistencia, las muertes que “no serán en vano” y las estrategias de solidaridad: comedores comunitarios, organización de artistas, el crowdfunding y todo lo que sirva para dar una mano. “Después vendrán estrategias de incidencia política, de representatividad. Tengo un pesimismo ilustrado o un positivismo moderado. No estamos obligados a ganar, pero sí a luchar. Sin ser exitista, el país despertó y no todos los pueblos pueden darse el gusto de decirlo, tampoco nosotros en una historia de 150 años”.

Referencias

*Datos oficiales al 27 de junio de 2021

**Son las múltiples desventajas que tiene una personas, además de la carencia de ingresos, como por ejemplo: mala salud, desnutrición, falta de acceso a agua limpia u electricidad, tener un trabajo precario o tener muy poca educación. Datos de este tipo revelan quiénes son pobres y la manera en que son pobres – la gama de diferentes desventajas que experimentan. Además de proporcionar una medida titular de la pobreza, las medidas multidimensionales se pueden desglosar para revelar el nivel de pobreza en diferentes zonas de un país y entre los diferentes sub-grupos de personas. Fuente: Multidimensional Poverty Peer Network (MPPN)

Por Pablo Paredes De Zárate

Lic. en Ciencias de la Comunicación. Periodista gráfico. Un viajero que tiene hoy su puerto en Villa María, Córdoba, pero con el mapa del mundo siempre presente. Fue jefe de Redacción en Puntal Villa María y hoy escribe para Villa María Ya Le apasiona contar historias, mínimas y gigantes, de personas y colectivos. Lee todo lo que puede y hoy asume el desafío de la comunicación y el márketing digital. Algunos referentes: Pedro Brieger y Mariano Saravia, por su trayectoria y pensamiento; Mario Pergolini, por su capacidad de innovar en el periodismo. Muchxs más. Hoy: home office 24/7 con el firme convencimiento de que todo lo que vendrá será mejor.

/ Fotos César Melgarejo / El Tiempo.

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