¿La pelota no se mancha?

Fútbol, pasión y…muerte

Por Renzo Molini

Historia y DDHH La historia en lucha / 11 JUN 2021

En medio de una crisis sanitaria imparable, Bolsonaro apuesta a la vieja estrategia del fútbol para lavar la cara de sus acciones e inacciones.

“Los que creen que el deporte no tiene nada que ver con la política, o no saben nada de deporte o no saben de política”

Gerardo Caetano

El fútbol, esa hermosa pasión que relata Galeano, está, tal cual dice el título de su libro, en medio de soles y sombras. Es tanto la alegría de lxs hinchas, como el desvelo de muchos jugadores ante un partido clave y, también, la emoción de un niño o niña al entrar con sus compañerxs en el disfrute de gambetear la pelota y poner el cuerpo.

Ha sido y es, comunidad sentida y vivida en el disfrute con el otrx y, sin embargo, también ha sido la violencia, el negocio, el dinero sucio y una máscara para ocultar desde el racismo hasta la muerte.

En el ya segundo año de la pandemia de COVID-19, con tantas muertes girando alrededor, la insuficiencia de las políticas sanitarias y con lxs trabajadorxs de la salud saturadxs, el Brasil de Bolsonaro se prepara para mostrar nuevamente el poder del negocio por sobre el juego.

Las Olimpiadas del 36, y como no es solo el fútbol, es el deporte

El deporte estuvo y está lleno de formas de enmascaramiento de la realidad. El año 1936 es uno de los ejemplos de esto.

En 1931, cuando el Comité Olímpico eligió a Berlín como su sede para los juegos del año 1936, la República de Weimar se encontraba en una profunda crisis producto del dramático ascenso que había tenido el Partido Nacionalsocialista Alemán de Adolf Hitler, durante las elecciones de septiembre de 1930.

La combinación de una gran inestabilidad política, social y económica y la impotencia de las fuerzas democráticas de conciliar posturas, desencadenó una serie de débiles gobiernos dependientes del presidente Hindenburg y sin apoyos parlamentarios. Como consecuencia, ocurrió el ascenso de Hitler al poder mediante el cargo de canciller en 1933.

Pero, a pesar de los estragos que comenzaban a ocurrir y que marcaron el fin del período de la República y el inicio del Tercer Reich (estragos marcados a fuego por la aprobación y aplicación de las leyes de Nuremberg, de carácter racista y antisemita, “la implementación de las normas eugenésicas y morales del Nazismo, la desaparición de atletas judíos y gitanos antes de la competencia, etc” [1] ), las Olimpiadas, como si nada, siguieron adelante. Situación que Hitler aprovechó para mostrar hacia afuera la imagen de una Alemania pacífica, tolerante, moderna, fuerte y unida.

No es que no hubieran intentos de boicot. Durante 1933 y 1936 diferentes deportistas de varios países (EEUU, Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, etc.), sobre todo de origen judío, intentaron no participar. Sin embargo, a fines de 1935, la aprobación de la participación por parte de la Unión de Atletas de los EEUU dio de baja la idea del boicot y 49 naciones terminaron participando. No importaba cuánto se quejaran lxs deportistas, la decisión de quienes mandaban estaba tomada.

Inteligentemente, Hitler movió en el régimen todo lo posible para mostrar una imagen diferente a la realidad que se vivía. Se construyó un gran complejo deportivo, se retiró toda propaganda antisemita y anti-romaní, se permitió que lxs visitantes extranjerxs no estuvieran sujetxs a las leyes contra la homosexualidad. Fue el momento perfecto para que Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del régimen, mostrara la maquinaria comunicativa que iba construyendo.

Al finalizar las XI olimpiadas, el Tercer Reich continuó con su política expansionista y de exterminio. Los juegos fueron la máscara perfecta para el ocultamiento de un régimen basado en la muerte, el terror y en la idealización de la superioridad y el poderío físico “ario”.

“En esculturas y otras formas de expresión, los artistas alemanes idealizaron el tono muscular firme y la fortaleza heroica de los atletas además de acentuar ostensiblemente las facciones arias.”[2] No por nada, la gran ganadora de medallas fue… Alemania.

El poder propagandístico de un régimen autoritario y, los medios de comunicación, fueron claves para lavar la cara de Alemania, al menos durante las dos semanas que duró el evento. El deporte fue usado como propaganda de la estética nazi y la superioridad de la raza blanca.

El mundial del 78

El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Militares comandadas por el General Jorge Rafael Videla dieron inicio a la última y más desgarradora y sangrienta dictadura cívico, militar y eclesiástica que tuvo nuestro país. Dos años más tarde, en 1978, el presidente de la FIFA, el brasilero Joao Havelange, ese tecnócrata que “lo ha convertido en uno de los más espléndidos negocios multinacionales” [3], daba inicio al onceavo Campeonato Mundial de Fútbol.

La toma de poder de los militares había ocupado todos los espacios posibles y, el fútbol, con sus organizaciones y su dinero, no sería la excepción.

Kissinger, uno de los mayores criminales de guerra y autor intelectual del Plan Cóndor, fue invitado especial. A metros del Estadio Monumental, templo sagrado para miles de hinchas del Club River Plate, se elevaba uno de los templos del horror conocido como la ESMA, el mayor centro de detenciones y torturas de la dictadura.

Previo a la euforia de la pasión futbolística, en 1977 se habían organizado diversas acciones para boicotear un mundial que había sido decidido en 1966, llegando a formarse el Comité de Boicot contra el Mundial de Fútbol en Argentina (COBA). A pesar de los esfuerzos coordinados entre Organizaciones de Derechos Humanos de diferentes países, que llamaron a sus seleccionados nacionales a no presentarse, el mundial se terminó realizando.

El deporte fue, nuevamente, fuente de legitimidad y enmascaramiento perfecto para las sistemáticas violaciones de los Derechos Humanos.

La maquinaria y el triunfo del seleccionado argentino, que levantó la ansiada copa por primera vez, consolidó a la dictadura hacia el interior pero, sobre todo, hacia el exterior: “Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político”, llegó a decir Berti Vogts, capitán del equipo Alemán [4].

Nada importaba más a Videla que mostrar hacia afuera una Argentina diferente a la que se criticaba por sus violaciones a los Derechos Humanos. Como expresa Galeano: “para maquillar su imagen internacional, la dictadura pagó medio millón de dólares a una empresa norteamericana especializada” [5].

Kempes fue el mejor y Menotti, el entrenador que alzó la gloria, al menos para un puñado de argentinxs anestesiadxs por el juego de la pelota. Tal vez fue el único momento de alegría para un país que se carcomía hacia adentro y que en muchos casos desconocía lo que pasaba. “Duele saber que fuimos un elemento de distracción”, dijo años después Osvaldo Ardiles, que había sido mediocampista en ese torneo.

La fiesta del fútbol, que ha sido conocido como “el deporte más lindo del mundo”, fue una fiesta de horror y gritos de lxs torturadxs en la ESMA y tantos otros centros a lo largo y ancho del país.  Fue fiesta para la corrupción, llegando a gastarse cerca de 700 millones de dólares, 10 veces más de lo presupuestado.

La Cepa América

Y ahora nos encontramos a las puertas de la realización de un nuevo campeonato de la Copa América. Paralelismos aparte, no cabe comparar a Hitler o Videla con Bolsonaro. Pero sí podemos llamar la atención de ciertos aspectos que parecen repetirse.

Primero, la gran crisis en la que está sumida Brasil, que no es solo económica y social, sino también sanitaria, llegando casi a medio millón de personas fallecidas; una sociedad convulsionada en plena protesta contra Bolsonaro por su inacción ante la pandemia, sus arengas a no respetar ningún protocolo y las peleas constante que tiene con aliados y opositores. Todo el combo perfecto para el fútbol lo tape.

Otro aspecto interesante es la resistencia de ciertos jugadores a participar del campeonato. Con planteles en todos los países diezmados por los contagios (el caso de River que tuvo a casi la totalidad de su plantel con COVID, fue el más reciente, pero no el único), jugadores de varios seleccionados están mostrando algo de descontento. Lamentablemente, no es lo suficientemente fuerte y, en momentos de escribir esta nota, la participación de las selecciones aparentemente está confirmada.

La pelota no para. No paró ni ante el crimen, ni ante la muerte en tiempos pasados, no va a parar ante la desidia y ante la muerte ahora.

Bolsonaro sabe que una posible candidatura de Lula es una carta a perder las elecciones el próximo año. No importa cuantxs personas muertxs tenga, no importa cuánto deba sacrificar y gastar. Si hay algo para lo que el fútbol ha servido y servirá, es para lavar las caras de los peores regímenes, sean democráticos o no.

A pesar de los negocios y sus usos, el fútbol es hermoso. Pasión de multitudes e ilusión de muchxs niñxs. Corrupción de sus mandamás, honestidad de quienes juegan por el simple hecho de hacerlo en una cancha del barrio, de mojarse con la lluvia, de embarrarse la camiseta, para llegar a hacer esa gambeta soñada en mil sueños sobre la almohada.

Como decía el maestro Galeano, “yo soy de los que creen que el fútbol puede ser eso, pero es también mucho más que eso, como fiesta de los ojos que lo miran y como alegría del cuerpo que lo juega” [6].

Referencias

  1. Schnailder, Rolando (2010). Las olimpiadas de 1936 en Alemania. Deporte y nazismo. En Actas de las Jornadas “La humanidad frente al Holocausto. La Shoa”. UNComahue.
  2. En https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/the-nazi-olympics-berlin-1936
  3. GALEANO, Eduardo. (2013) [1995] El fútbol a sol y sombra. Silo XIX Editores; pp. 167
  4.  Ibidem; pp. 175
  5.  Ibidem; pp. 178
  6. Ibidem; pp. 242-243

Por Renzo Molini

Profesor de Historia, maestrando en antropología. Apasionado por Latinoamérica, sus colores, olores y sabores. Ha trabajado temáticas de juventud, educación crítica, inclusión social, los Derechos Humanos, y la cultura popular y latinoamericana. Actualmente, temas de Salud, VIH e ITS. Admirador de Paulo Freire y Salvador Allende. Hincha de River. Tiene un gato, llamado Neko. Cuando era chico, quería ser presidente. Ahora solo trata de aportar algo al mundo.

Trabaja para la Universidad Nacional de Cuyo y es parte del Programa de Salud y Ciencias Sociales de FLACSO-Argentina. Coordina la Diplomatura de Posgrado en VIH e ITS con perspectiva en Salud Integral y Derechos Humanos, un programa de formación entre la UNCuyo y FLACSO-Argentina, con el apoyo de ONUSIDA y UNFPA.

 

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