Colombia Wayuu

La nación con apellidos de mujer

Por Pablo Paredes D. Zárate

Historia y DDHH / 17 MAY 2021

Haideé integra una etnia en la que las mujeres deciden si van o no a una guerra, pero donde el machismo está muy presente

Se fue joven a estudiar a Bogotá, rompiendo con paradigmas culturales y familiares. Quería forjarse otro destino. Aspiró y consiguió dos becas que le permitieron titularse de socióloga en la Universidad Externado de Colombia. Tras cinco años en la capital, volvió a su tierra y se radicó definitivamente en Riohacha, capital de La Guajira. Sabe, se comunica y enseña el wayuunaiki, lengua oficial del pueblo Wayuu.

Haideé Lubo Aguilar es colombiana-Wayuu, una nación originaria reconocida como tal, integrada por un millón de personas que habitan, desde hace más de 500 años, la Guajira colombiana y parte de Venezuela (provincia de Zulia). Y es una nación matriarcal, con una cultura que se integra a las costumbres occidentales, pero que se sigue fortaleciendo para mantener sus tradiciones.

“La mujer es todo”

“A la edad de 13 años, al desarrollarme, me encerraron. Fueron sólo siete días, puesto que yo asistía al internado de Los Capuchinos”. Fue el primer evento de este tipo promovido por la Iglesia Católica como símbolo de respeto y apoyo al fortalecimiento cultural de lxs Wayuu. Cuando salí tuve mi baile de presentación en sociedad. Ya no era una niña, sino una mujer”, narró.

- ¿Por qué se encierra a las niñas?

- Para que aprendan sobre medicamentos ancestrales, sobre cómo comportarse en sociedad, para aprender a tejer, cocinar, atender a su familia y demás actividades sociales. Es necesario que aprenda todos estos conocimientos porque no tendrá la compañía permanente de su mamá, de sus tías y abuela materna después de que la desposen. A la niña se le corta el cabello y se le cambian sus atuendos. Todo lo que usaba antes de ser mujer se le quita. Tiene que mantener una dieta estricta y consumir ciertas plantas medicinales para que sea fuerte, para que cuando tenga su primer hijx no envejezca tan rápido.

El encierro de Haideé, en términos temporales, fue breve. Pero es importante indicar que el tiempo del encierro de la niña a mujer depende del estatus y la clase social del clan. Una niña puede permanecer encerrada meses, o incluso años. Si una familia es de bajos recursos, necesita que su hija salga rápidamente del encierro para que continúe con las tareas del hogar, busque agua y leña, haga tejidos típicos y prepare chinchorro. En tanto, si una familia se encuentra en buena posición puede contar con auxiliarxs -una especie de servicio general en la cultura occidental- para que reemplacen a la niña en estos quehaceres hasta que finalice el encierro.

Lo que sigue en el protocolo es la Yonna o baile típico de la cultura como presentación en sociedad. La nueva mujer es atendida por mujeres adultas de su clan, que la preparan, la arreglan y la visten. En ese evento social muchas veces la mujer puede ser pretendida por un hombre, sin importar la edad de ella. Tampoco importa si el hombre ya está casado con otras mujeres, porque existe la poligamia.

Desde tiempos precolombinos

En la mitología Wayuu la tierra (mma) es femenina y ellxs creen que lxs primerxs habitantes nacieron de la unión de ésta y la lluvia (juya).

“La mujer (jiet) reproduce, es la que multiplica a lxs familias. Es la que lidera un proceso. Sirve como mediadora para resolver un conflicto. Es el eje de todo. Desde que son niñas, las mujeres van ocupando roles, que son importantes. Las chicas aprenden de otras mujeres como tías, madres y abuelas maternas, de quienes heredan su clan (apellido). Los hombres también lo reciben, pero no lo pasan de generación en generación.

“Un hombre puede tener varias mujeres, pero los hijos de ese hombre obtienen el clan materno. Si en un clan nacen puros hombres se pierde la casta porque lxs hijos no la van a heredar; no obstante, dentro de la estructura familiar el representante del clan es el tío materno”.

Lxs hijos que un hombre Wayuu tenga con una mujer arijuna (toda aquella persona que no es de una comunidad originaria) no son Wayuu. Estos hijxs son llamados Achonyu. Y los que heredan la casta materna se llaman Apüshi.

Haideé sería esa persona que rompió todos los moldes. De muy joven, y gracias a una beca, pudo estudiar en la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá. Allí vivió cinco años, donde siempre mantuvo buenas notas para que estudiar no cueste nada.

“Quise formarme y pensar en un futuro diferente al de mi mamá. Pero siempre me enfoqué en las comunidades. También aprendí todo lo que debía saber sobre medicina ancestral, la lengua y todas las costumbres”.

Regresó de la capital a Riohacha cuando se tituló de Sociólogx con una tesis que aborda la fragmentación de lxs territorios y lxs comunidades Wayuu. Este es uno de los principales problemas que atraviesan desde finales del siglo XX.

Los cambios climáticos aceleraron la desertización de muchos territorios en La Guajira y eso provocó desplazamientos forzados hacia las ciudades. Por otro lado, la construcción de vías férreas y rutas fragmentó territorios ancestrales y profundizó los conflictos entre lxs clanes*. 

Transformaciones y contradicciones

Al mismo tiempo, el inevitable roce, cada vez más estrecho, entre la cultura originaria y la occidental ha hecho que muchas costumbres se pierdan, cambien o transformen.

Respecto a las mujeres, sólo en las comunidades más aisladas, donde las niñas no acceden a una educación escolarizada, se mantienen prácticas como el encierro tras la primera menstruación. También han disminuido los vínculos en los que se da una dote a cambio de desposar a una mujer.

Desde el primer momento que chocaron con lxs invasores españoles lxs Wayuu resistieron y se adaptaron. El sincretismo fue una estrategia para sobrevivir. Adoptaron a la iglesia católica, pero aprendieron el castellano y accedieron a ciertos beneficios de la modernidad europea. Creen en un ser superior, que en su lengua es llamado Maleiwa. Los sueños son interpretados como revelaciones de lo bueno y lo malo, un llamado de atención para estar prevenidos.

Pero las mujeres siguen siendo las líderes. Incluso yéndose y volviendo a su tierra, Haideé es importante para su cultura. Media entre lxs comunidades y lxs gobiernos. Gestiona proyectos y sistematiza informes de caracterización, para que nada se le escape y poder ayudar de la mejor manera posible a lxs Wayuu.

Su último informe evalúa cómo podría impactar la construcción de un gasoducto que atravesará kilómetros de tierras habitadas ancestralmente por lxs Wayuu.

En su faz íntima Haideé reconoce el mandato histórico que tiene la mujer en su cultura -ser madre, multiplicar, reproducir- pero el mundo actual es complejo. La pobreza, la falta de oportunidades y la violencia la hacen dudar. Y se pregunta “¿Para qué quiero traer un hijx a este mundo?”.

En el comedor de su casa hay un mueble de madera con varios portarretratos. En una foto aparece junto a su hermano, Rafael Lubo, un líder comunal asesinado en diciembre de 2016. Rafael le había dedicado su vida al trabajo comunitario, específicamente en el tema de la educación para las comunidades de Manaure y Riohacha, en La Guajira.

Resistir y respetar

Todas las sociedades cambian y se transforman. En el consenso y la ampliación de derechos se construye y se llega a acuerdos. Lxs Wayuu no son la excepción y entendieron la necesidad de preservar su raíz matriarcal, que tiene a la mujer como protagonista.

Una lucha importante es por la preservación de la lengua como un componente fundamental de la identidad. Es una lucha no sólo hacia afuera, ante lxs occidentales, sino también hacia adentro, en el diálogo entre las familias. “Cuando hablo con mi familia o con personas que son Wayuu me comunico en nuestra lengua, no en castellano. Siempre que puedo utilizo los atuendos típicos porque me gustan, porque me enorgullecen”, dice Haideé.

“La lengua se transmite oralmente y permite que una cultura sobreviva. Es un problema que las escuelas o muchas instituciones no enseñen la lengua oficial del pueblo Wayuu”.

Y el desafío es seguir preservando y ampliando los derechos de la mujer. Es la única manera de mitigar las prácticas que la vulneran, como la trata y la explotación. “La mujer Wayuu no se vende”, dijo en una entrevista la presidenta del Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), Martha Peralta Epieyu. Sus declaraciones fueron una respuesta a expresiones denigrantes que tuvo un humorista en un programa de radio de Valledupar. En la misma se hablaba “como una cosa natural” que la mujer wayuu era comprada y vendida como una mercancía.

La violencia machista y el femicidio es un flagelo que también afecta a las mujeres Wayuu. En los últimos días se conoció el asesinato de Luz Dary Cotes Ballesta, una trabajadora social de 38 años. La justicia alega estar investigando pero, a casi una semana del crimen, todavía no pudieron dar con el femicida**.

Pese a los avances y las luchas, y a que tienen un rol protagónico desde hace más de 500 años, todavía son muchas las reivindicaciones que restan por conquistarse. “Hay hombres que incluso hoy no quieren sentarse a debatir con una mujer wayuu sólo porque es mujer. Y esperan ser atendidos y cuidados por ellas. Reconocer el papel grande de la mujer no es sólo celebrar su condición para multiplicar y reproducir”.

Por Pablo Paredes D. Zárate

Lic. en Ciencias de la Comunicación. Periodista gráfico. Un viajero que tiene hoy su puerto en Villa María, Córdoba, pero con el mapa del mundo siempre presente. Fue jefe de Redacción en Puntal Villa María y hoy escribe para Villa María Ya Le apasiona contar historias, mínimas y gigantes, de personas y colectivos. Lee todo lo que puede y hoy asume el desafío de la comunicación y el márketing digital. Algunos referentes: Pedro Brieger y Mariano Saravia, por su trayectoria y pensamiento; Mario Pergolini, por su capacidad de innovar en el periodismo. Muchxs más. Hoy: home office 24/7 con el firme convencimiento de que todo lo que vendrá será mejor.

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