#8M

Las violencias NOS suceden

Por Jimena Marín

Género / 07 MAR 2021

Sobre mujeres y disidencias las violencias se suceden, nos suceden, reiteradamente. Sobre nuestros cuerpos, decisiones, derechos y sueños. Aquí nombramos algunas.

Las violencias se suceden, nos suceden, reiteradamente, a lo largo de nuestras vidas de mujeres, sobre nuestros cuerpos, nuestras decisiones, nuestros derechos y nuestros sueños. Roles y mandatos que nos determinan, nos limitan, nos juzgan, nos frenan y arremeten con más fuerza si nos empecinamos en romperlos. 

Llega un nuevo #8M y volvemos a visibilizarlas, a demostrar que lo personal es político y que, lo que sufre una de nosotras, de nosotres, nos afecta, nos pasa a todas y todes. 

"Si nuestras vidas no valen, produzcan y reproduzcan sin nosotras, nosotres"

Nuestra historia está atravesada por violencias y desigualdad desde siempre. De niñas debemos vestir de ciertos colores, jugar tranquilas y conservarnos limpias, cuidar hermanes y niñes de nuestro entorno, “ayudar a mamá” o reemplazarla en “sus tareas de la casa”, según la historia y la realidad socioeconómica que nos toque vivir. Más adelante, debemos proyectar nuestra vida acorde a lo que la sociedad, nuestra clase social, los mandatos familiares, las necesidades de nuestro entorno inmediato, la religión, la moral, etc, etc, etc, requieren.

Atravesadas nuevamente por la interseccionalidad que define la identidad de cada une, hay que definirse entre estudiar y trabajar. ¿Las dos cosas? Sí, también. Es un tremendo desafío que cada día emprendemos más y más mujeres, dado que en las familias de clases medias y medias altas, sostener el estudio superior y universitario de sus hijes es una tarea casi imposible en el presente. Y la decisión de “estudiar y trabajar” va de la mano, en su generalidad, con la precarización laboral, la vulneración de derechos, la violencia económica e institucional, la ausencia del Estado o su presencia en formas también opresoras, disfrazadas de “oportunidades” como becas, pasantías, prácticas y contratos de locación de servicios. 

Nuestras decisiones… ¿Nuestras decisiones?

Ante qué “elegimos estudiar” nos encontramos de nuevo frente a las violencias. Violencias que reproducen, nada más y nada menos, que la desigualdad del sistema patriarcal y capitalista. Hay carreras habilitadas y muy bien vistas: docencia, enfermería, la prestación de servicios y el cuidado del otre, como la psicología o la nutrición, también el ámbito de la belleza, la estética, la moda, la cosmética, por sólo consignar algunas. Hay otras carreras impensadas para nosotras. Atravesar su umbral invisible es posible pero nada, nada fácil: ingenierías, abogacía en ramas como la penal, medicina en especialidades como cirugía, cardiología, neurología, urología, muchas “ciencias duras”…

Las fuerzas de seguridad continúan siendo uno de los espacios más denunciados por su violencia institucional contra mujeres y disidencias y el porcentaje de pilotas de aviones comerciales en el mundo es del 5% (en Argentina, previo a la pandemia y sus restricciones, había sólo 26 mujeres trabajando en líneas aéreas), sólo por dar algunos ejemplos.

Dónde trabajar tampoco suele ser una decisión muy libre. Y nuevamente se encuentra intrínsecamente atravesado por otras variables, en la que predomina la de clase. Desde mi clase media, donde me paro ineludiblemente, el trabajo se debate por múltiples factores tales como: donde nos acepten con nuestra edad, estética, escaso o extenso currículum, ideas, ganas de aprender, crecer o pensar. Donde no les incumba tanto (o al menos hagan como que respetan) nuestras decisiones personales, composición familiar, deseos y placeres, militancia u orientación sexual. Ni hablar de qué tareas vamos a realizar allí, por cuántas horas, en qué condiciones laborales, bajo qué derechos (o negación de ellos), qué sindicato nos va a representar y cuántas tareas extra se van a sobreentender que “nos corresponden” por mujeres: mandados, limpieza, cuidado, organización, manualidades, alimentación, reemplazo de cualquier puesto o tarea y un largo etc.

¿Y de desigualdades económicas? Ellos siempre ganan más que nosotras, explícitamente, o porque los beneficia un manto de oportunidades, de privilegios que a nosotras nunca nos alcanza a cubrir: trabajan menos horas, sólo en “tareas importantes”, toman las decisiones, son los más escuchados o convocados para operaciones o gestiones determinantes, entran a planta efectiva o perciben incentivos, bonos o premios antes, mucho antes, porque esto, porque aquello. Ellos, siempre ellos. 

Capítulo aparte corresponde a la violencia laboral, la psicológica, las presiones para terminar tal o cual trabajo cuyos logros serán recibidos, muchas veces, por otres: “hacelo en casa”, “quédate un rato más”, “seguro vos que sos buena en eso, en una hora lo hacés”.

El acoso, los rumores que señalan que “algo hiciste” para ganarte un puesto, un aumento, una oportunidad. Y cuando luchamos por el cupo laboral surgen las quejas: “los lugares se deben ganar por capacidades, no por un sexo/género”. Claro, debe ser que aún no tenemos suficientes capacidades, debe ser... Y así, la antinomia de enfrentar “los halagos” constantes para ser la histérica, la feminazi que no acepta un piropo, o sentirse manipulada, ensuciada constantemente por quien/es dice/n y hace/n de nuestro cuerpo un objeto, aunque sea por el mero hecho de parecer su dueño ante otres o de menospreciarnos o castigarnos por él.

Hogar, dulce y trabajoso hogar

No sólo en estos ámbitos públicos se nos violenta. En el privado, el doméstico, donde ni el Estado, ni les vecines, ni la familia o les amigues desean intervenir, porque es lo privado, las violencias se reproducen diariamente sin que, muchísimas veces, siquiera lo advirtamos. “Las mujeres nacimos para cuidar, criar, hacer del hogar un lugar cálido, acogedor, al que todes deseemos volver”. Sin embargo, ese hermoso decir y justificar que todo responde a “nuestro amor innato”, ha significado que mientras –lucha a lucha- fuimos ganando terreno en el espacio público: ingreso a la educación, al mundo laboral, derechos civiles como el divorcio, la patria potestad (hoy responsabilidad parental), los derechos patrimoniales, la ciudadanía mediante el voto, el cupo, la paridad, etc; no pudimos dejar de sostener el espacio privado.

En setiembre de 2020 se dieron a conocer los datos del informe “Los cuidados, un sector económico estratégico. Medición del aporte del Trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al Producto Interno Bruto” llevado a cabo por la Dirección de Economía, Igualdad y Género (DNEIyG) del Ministerio de Economía. Entre sus datos conocimos que el 75,7% de las tareas domésticas y de cuidado son realizadas por mujeres, equivalentes a 96 millones de horas de trabajo diarias no remuneradas.

Traducción: 9 de cada 10 mujeres trabajan en promedio 6,4 horas diarias gratis, tres veces más tiempo que los varones. Hablando de violencias cotidianas e invisibles: el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa un 15,9% del PIB y, así, “es el sector de mayor aporte en toda la economía”.

Cuando la violencia nos cuesta la vida

Asesinadas, así culmina la punta del iceberg de las violencias que las mujeres sufrimos en pleno SXXI. Eso que llamamos “femicidio”, un término político con el cual denunciamos la naturalización de la violencia sexista en nuestra sociedad.

Femicidio: cuando un hombre asesina a una mujer por el simple hecho de ser mujer y de creerla un bien más de su propiedad.

El Observatorio Marisel Zambrano, perteneciente a la organización La Casa del Encuentro, presentó hace unos días el Informe completo del 2020 y, nuevamente, los datos se reiteran y los números de asesinatos son escalofriantes. Aunque tomemos las calles, aunque luchemos incansablemente por nuestros derechos y, juntas/es ganemos leyes que busquen defenderlos y garantizarlos, nos matan todos los días sólo por ser mujeres o disidencias sexuales.

El observatorio señala 300 femicidios y femicidios vinculados de mujeres y niñas durante el 2020, más 17 femicidios vinculados de varones y niños.

Recordamos que llamamos femicidio vinculado a las víctimas que son asesinadas por el femicida con el fin de castigar o destruir psíquicamente a la mujer que considera de su propiedad, así como aquellas personas que mata por intentar impedir el femicidio o porque se encuentran, accidentalmente “en la línea de fuego” al momento de cometerse el asesinato.

Como resultado de estos 300 femicidios, 372 hijos e hijas se quedaron sin mamá. El 67% de elles (250 niñes) son menores de edad. 174 del total de los asesinatos ocurrieron en la vivienda compartida o la vivienda de la víctima, lo cual da cuenta de la importancia del compromiso social para denunciar cuando se escuchan o reconocen hechos violentos en una casa vecina, así como la necesidad de que el Estado responda dichas acciones y garantice su cumplimiento.

Tras el asesinato de Florencia Romano en Mendoza, como con tantos casos en todo el país (el último caso más resonante fue el de Úrsula Bahillo en Rojas, Buenos Aires, asesinada por su ex novio, Matías Ezequiel Martínez, policía bonaerense), la responsabilidad del Estado se hace más notoria.

Ya no basta con el reconocimiento de la violencia de género, con una ley que se aboque a ella, con campañas que difundan dónde contactarse o dirigirse en caso de ser víctima o querer denunciar que una mujer está en peligro.

Tampoco basta con el compromiso social –aunque es fundamental y, en los últimos años hemos ido concientizando mucho más a la ciudadanía toda, al respecto- si el Estado abandona a las víctimas a su suerte, si desconoce el elevado número de femicidas o agentes denunciados por violencia de género que posee entre sus fuerzas de seguridad, si no forma y capacita continuamente a todo su personal y funcionarixs públicos con perspectiva de género.

El Observatorio de Mumalá informó que durante enero y febrero de este 2021 fueron asesinadas 47 mujeres, travestis y trans en nuestro país. Este terrible registro nacional señala 39 femicidios directos, 6 vinculados de hombres y niños, 2 vinculados de mujeres y niñas. A estos números se suman 64 intentos de femicidio y 10 muertes en investigación. El 64% de los femicidas eran parejas o ex parejas de las víctimas y el 17% pertenecía a las fuerzas de seguridad. El 29% de las víctimas había realizado denuncias previamente y el 70% fueron atacadas en su vivienda.

¿Nuestras vidas valen para el Estado? ¿De verdad valen? ¿Qué ha sucedido con las personas responsables, desde el Estado, de la muerte de Florencia Romano y de Úrsula Bahillo? Responsables directos e indirectos, porque recordemos que lxs funcionarixs públicos deben responder cuando se cometen errores bajo su mando. Y no hablamos de cualquier error, hablamos de la vida de dos jóvenes de 14 y 18 años (por nombrar sólo dos de las tantas muertas que nos duelen).

Si ningún/a funcionarix informa y se responsabiliza cuando #ElEstadoEsResponsable del asesinato de dos jóvenes con nombre y apellido, con toda una vida por delante, ¿de verdad esperamos que lo hagan por los miles de nombres y cuerpos sobre los que recae la violencia de género día a día?

¿De verdad esperamos que trabajen con conciencia, con acciones concretas, con presupuesto, por la vida de cada una de nosotras y, sobre todo, por la de aquellas cientas y cientas que se atreven a llegar a la justicia a pedir ayuda? ¿En las manos de quién nos encontramos?  

Porque este texto debe concluir

Como dijimos al comenzar, a las mujeres nos suceden múltiples violencias a lo largo de nuestras vidas. Nuestra identidad, definida por diversas variables, nos convierten en personas con más o menos privilegios, víctimas de más o menos vulneraciones, más o menos violencias. Sin embargo, todas, simplemente por nuestra condición de mujeres hemos sido, somos y seremos violentadas en más de un modo, más de una vez. De eso hablamos cuando aseveramos que existe la violencia contra las mujeres y las disidencias (a quienes no refiero en esta nota porque no me considero una voz autorizada para hacerlo, cuando hay miles que sí lo son) como una problemática sociocultural.

En este devenir discursivo, como quien escribe, me detuve sólo en algunas de las violencias tipificadas en la Ley 26.485, las que más me han interpelado. Que no mencione todas los tipos y modalidades responde sólo a una extensión práctica de esta nota, a un sentir de este momento. Tampoco ignoro ni me parece menor la violencia mediática y simbólica que reproducen los contenidos mediáticos ni de las consecuencias de la ausencia de ESI en nuestras aulas y comunidades educativas, mis dos ámbitos de desarrollo profesional.

Este #8M es, sobre todo, imposible olvidar el dolor desgarrante de sabernos tantas menos por la violencia machista y la desprotección de un Estado que nos deja en manos de nuestros victimarios, denuncias y acciones legales mediante.

  • Por cada una de nosotras y nosotres, por cada una de esas violencias que el sistema patriarcal capitalista produce y reproduce.
  • Por cada una y une de quienes nos faltan, nos duelen y nos incitan a continuar luchando.
  • Por una sociedad más justa y más igualitaria para todes.
  • Por vos, por ella, por elle, por mí, por todas nosotras y nosotres, en un nuevo #8M yo paro. #NosotrasParamos, #NosotresParamos.

El sentir y la lucha no se detienen y me enorgullece ser una ínfima parte de ese enorme colectivo de amor y fuerza que tejemos juntas/es.  Se va caer, lo sabemos, porque lo vamos a tirar.

 

Ilustración portada: Línea Gorda para Ni Una Menos Mendoza

Por Jimena Marín

Comunicadora feminista. Productora radial y audiovisual. Navegante y creadora activa y crítica en redes sociales. Integrante de Red Par (Periodistas en Red por una comunicación no sexista). Militante de nuestros derechos.

Profe, aprendiz de saberes colectivos y absoluta creyente de su poder constructivo. Formadora ESI. Tallerista en capacitaciones sobre comunicación y educación con perspectiva de género. Investigadora principiante y autora de publicaciones sobre comunicación y mujeres protagonistas de la historia de Nuestra América.

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