Los sonámbulos

Narrar lo indecible

Por Milagros Martín Varela / Fotos Vale Fiorini

Audiovisual Multiversos Expandidos / 06 JUN 2021

Una imagen puede decir más que mil palabras y una película es capaz de mostrar lo que algunas familias de clase privilegiada son capaces de esconder. Importante: esta columna contiene spoilers.

Las palabras para describir el silencio antes de la tormenta no sobran. Tampoco lo hacen aquellas que expresan lo que sucede en la cuerpa de una niña, adolescente, mujer o feminizada, cuando es tomado a la fuerza en una situación de abuso sexual. Violación, para aprovechar las palabras que sí tenemos y llamar las cosas por su nombre. 

Paula Hernández demuestra en Los sonámbulos (2019) que las palabras resultan innecesarias cuando se puede usar una cámara. Ello tampoco es sencillo: caer en las revictimizaciones, en el morbo, en la espectacularización es tentador para varixs hacedorxs de la imagen, en todas sus manifestaciones. Sin embargo, Hernández logra evadir esas tentaciones y mostrarnos ese polvo que siempre suele esconderse bajo la alfombra.

Una familia conformada por Luisa (Érica Rivas), Emilio (Luis Ziembrowski) y su hija Ana (Ornella D´Elía) se va a las afueras de Buenos Aires para celebrar las fiestas de fin de año junto a la madre, hermanxs y sobrinxs de él. Se trata de una casona que notablemente pertenece a una familia de buen pasar, encabezada por Memé (Marilú Marini) y sus otrxs dos hijxs, Inés (Valeria Lois) y Sergio (Daniel Hendler). La tercera generación la integran, junto a Ana, Alejo (Rafael Federman) y los más pequeños: Martín (Teo Inama Chiabrando), “el Enano” (Simón Goldzen) y el bebé recién nacido de Inés.

El mencionado es el total del elenco de la película y ésta se desarrolla prácticamente de manera completa en la casona de campo de la familia. Estos dos elementos, un repertorio acotado y una locación que podría considerarse una protagonista más, provocan una sensación de agobio e inquietud durante casi todo el filme y es difícil descifrar el por qué. Hay otros factores que intervienen: la cámara pocas veces se aleja de las personajes centrales (Luisa y Ana), con frecuencia las sigue en un plano corto desde atrás, desde los hombros hacia arriba, y -por momentos- ellas observan de reojo o hacia los costados. Se trata, por momentos, de una película de suspenso: siempre se está esperando el susto, el terror, que llegará de manera inesperada solo al final del filme. 

Paula Hernández en el rodaje de “Los sonámbulos” / Vale Fiorini.

La centralidad de lxs cuerpxs

Los sonámbulos comienza con Luisa descubriendo, mediante un episodio de sonambulismo de su hija (herencia de la familia de Emilio), que ésta -a sus 14 años- tuvo su primera menstruación. Ana se encuentra desnuda frente al ascensor de su casa en la ciudad de Buenos Aires, un hilo de sangre le recorre la pierna y las gotas caen en el piso. A lo largo de toda la película, y sin objetivizarla, se muestra cómo cambia la cuerpa y los sentires de una adolescente, a las claras atraída sexualmente por su primo mayor (Alejo). Ella coquetea, seduce, busca la cercanía física con él y todavía usa un collar con el dije de su dibujito animado favorito de la infancia.

Por su parte, bastan los primeros minutos de Rafael Federman en la pantalla para saber cómo es Alejo: el pibe “canchero”, el mimado de la abuela Memé, engatusador, ventajista, sexual, aventurero, despreocupado y desafiante. Es el heredero del machismo que caracteriza a esa familia: las mujeres son constantemente violentadas de diversas formas, los varones siempre defendidos, encubiertos. 

La que más perpetúa esas costumbres es Memé, la matrona de la familia, adulta mayor de clase privilegiada, quien se entromete de manera permanente en las relaciones interpersonales de sus hijxs con comentarios al estilo de “los chicos no tienen la culpa de nada, en todo caso la tienen las madres”, “te quedaste con el mejor marido de la familia”, entre otros. Otro hábito característico de Memé es maltratar a su empleada doméstica. 

La corporalidad que transmite el clima de la película es la de Luisa. El sudor causado por la humedad del diciembre bonaerense, el escape de fumar un cigarrillo o irse al pueblo a escribir lejos de la mirada de su marido, la ínfima sensación de frescura al apurar un trago; todo lo que está mal visto por su suegra y su hija. El personaje de Érica Rivas acumula violencias y siempre está por desbordar. Cada suspiro, cada mirada, cada ironía de esta talentosísima actriz hace saber a lxs espectadorxs que, al contrario de lo que parece, no todo está bien. 

El cómo se tratan y muestran las cuerpas es aspecto central en el arte de esta película. Hay escenas en las que Luisa y Ana se vuelven una a través de cómo se muestran juntas sus cuerpas feminizadas: piernas de las que salen bombachas y entran trajes de baños al unísono, espaldas marcadas por las mallas enterizas, escenas largas en donde la cámara sigue a una hasta que se cruza con la otra y entonces continúa con esta última. Con estos gestos estéticos y aportes del guión se manifiesta la compleja relación de madre e hija, en la que por momentos son una; por otros, calcos y otros tantos, dualidades opuestas que parecen incompatibles. 

Lo esencial es invisible a “la familia”

Una crisis matrimonial inmanente, una familia cuyos integrantes no se soportan entre ellxs, una violación intrafamiliar. Todo eso de lo que, en una familia aburguesada, no se puede hablar. No es solamente tabú: es indecible y, de hecho, en la película estas cuestiones no se llegan a nombrar. Por instantes, es posible que lxs espectadorxs de esta película sientan que “no pasa nada” pero, a la vez, descubra en diálogos sutiles (a veces hasta despreocupados) y en silencios incómodos que está pasando todo y que lo peor está por suceder. Y, cuando sucede, es casi imperceptible a la vista: la escena es oscura, entre medio de los árboles, la cámara permanece estática a lo lejos. Sólo se escucha a Alejo diciendo “no pasa nada” y a Ana sollozando mientras le dice “salí” reiteradas veces. Apenas se ven unos movimientos.

Inevitablemente, la audiencia percibe la violencia física y sexual en esa escena y las tantas otras ejercidas de Emilio a Luisa, de Memé a Inés, a las ex parejas de Sergio y a Luisa también, de Memé a Ana, al intentar encubrir a Alejo cuando descubre lo que hizo. Todas violencias que durante los 90 minutos de los 107 que dura el filme se manifiestan con demasiada sutileza, amortiguadas por ese peligroso mecanismo de defensa que es la negación. Negación de que tu esposo te violenta, de que tu sobrino es capaz de violar a tu hija, entre otras tantas. Negación de violencias, de delitos, que ocurren en silencio en numerosas familias, dentro de los espacios privados.

Haciendo cómplice a la audiencia, incomodándola, es que lxs hacedorxs de Los Sonámbulos logran con imágenes, sonidos y pocas palabras retratar estas historias. Narrar lo indecible, lo que somos incapaces de mirar hasta que es tan violento y evidente. 

Ficha técnica

Ficha técnica

Título original: Los sonámbulos

Año: 2019

Países de producción: Argentina y Uruguay

Empresas productoras: Tarea Fina, Oriental Films, INCAA

Dirección y guión original: Paula Hernández

Música: Pedro Onetto

Fotografía: Iván Gerasinchuk

Premios:  

  • Festival de Mar del Plata: Selección oficial largometrajes a concurso

  • Festival de La Habana: Mejor película, guión y actriz (Érica Rivas)

  • Premios Sur: Mejor Vestuario (Mónica Toschi), Mejor Maquillaje y Caracterización (Ángela Garacija), Mejor Música Original (Pedro Onetto), Mejor Dirección (Paula Hernández), Mejor Película de Ficción

  • Quedó seleccionada en la primera etapa de nominaciones para los Premios Oscar 2021 en la Categoría de Mejor Película Internacional

Dónde verla: Amazon Prime Video

Por Milagros Martín Varela

Cinéfila, melómana, lectora y militante feminista. Es licenciada en Comunicación Social por la Facultad de Ciencias Políticias y Sociales de la UNCuyo. Integra la Red PAR (Periodistas de Argentina en red por una comunicación no sexista) y la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Es voluntaria en el Área de Género y Diversidad de Xumek - Asociación para la Promoción y Protección de los Derechos Humanos. Se especializa en temas de género y lecturas sociales y feministas de cine y series. Multiversos Expandidos es su proyecto propio de columna de género, cine y series.

/ Fotos Vale Fiorini

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