Habitar el deseo y el miedo

Relatos del tarot

Por Fabiana Grasselli / Fotos Leandro Fernández

Cultura La venganza de Casandra / 09 JUL 2021

El problema con el tarot y la literatura es que siempre se trata de una misma, de nosotras mismas, y de nuestras valentías con el lenguaje.

El problema con la literatura es siempre con una misma. Una es el problema de la literatura” conjura Camila Sosa Villada en El viaje inútil. Lo que acontece con el tarot comparte la trama de la palabra literaria. El oráculo nos dice acerca de una historia oculta que espera el trabajo de las estaciones de nuestras vidas; que se abandona a la artesanía de lo onírico noche tras noche. Un invierno que no cicatriza, un verano del que no nos redimiremos, primaveras y otoños que van marcándonos la piel con soles y lunas. Sueños e insomnios. Esa historia tan escondida, y por eso tan propia, confía en el oficio incansable de la hora inocente, en la cual Alejandra Pizarnik, en un instante de deliciosa brujería, nos augura que las que fuimos y las que somos nos encontraremos en el umbral de nuestras miradas.

El problema con la literatura y con el tarot es que susurran historias que debemos descubrir e inventar al mismo tiempo. Nada está escrito definitivamente, y aquello que aún no ha sido dicho nos asedia hasta que nos atrevemos a ponerle palabra. Lo que se empecina es lo que no se resigna al silencio.

Es una labor insistente la de quien lee un oráculo: articular una historia y, en el mismo gesto, permitir que los arcanos nos la cuenten. Marcelo Figueras sostiene que las canciones nos aguardan a que sepamos escucharlas.

Asimismo, las historias oraculares han de ser desenterradas con la paciencia de quien lee los signos y emprende la aventura de adjudicarles un significado capaz de mostrar que siempre se trata de una misma, de nosotras mismas, de las que interrogan y de las pitonisas. Como esos libros que estuvieron abandonados en la biblioteca hasta que alguien te los señala y te invita a su lectura, a atreverte con esa historia que siempre estuvo allí.Se trata de las historias que nos animamos a narrar, de negarnos a tranquilizar al lenguaje, de los deseos que transformamos en narrativas para nuestras existencias singulares y colectivas. Son historias-jardín, al decir de Diana Bellesi, porque tener un jardín, es también dejarse tener por él, por su eterno movimiento.

Hace unos días le dije a mi psicoanalista frente a su pregunta de qué me venía a decir un sueño: “creo que habla de un encuentro que deviene en historia, una historia digna de ser contada, una en la que reconozco los indicios de todo lo que considero casa”. Unas horas después de la sesión intercambiaba audios con mi amigo Pío, un artesano exquisito de la conversación,  que con tonada cordobesa recitaba:

“Nuestra época nos impone el mandato de seguir el deseo entendido como vector, algo del orden de la persecución, de la caza. Prefiero el intento de vivir el deseo como una zona de la subjetividad y la afectividad a ser habitada sin necesidad de una acción-consecuencia”.

Se trata del deseo como la construcción de un espacio vitalizante para habitar, una apertura a la experiencia donde puedo sentirme a salvo aunque tiemble de miedo. De ese estar deseante, expectante, conspirante están hechos los relatos del tarot.

El semiólogo italiano Paolo Fabbri en su conferencia La narrativa de la cartomancia y el lenguaje de los emblemas da cuenta de las conversaciones que tuvo con Italo Calvino acerca de esa cualidad prolífica en relatos que tiene el tarot. Discutiendo la técnica narrativa usada por Calvino en El castillo de los destinos cruzados intentó demostrar una cosa muy sencilla: que la cartomántica al posar las cartas una después de otra construía una narración. La contigüidad de los elementos daba lugar a una secuencia narrativa. Algo así como lo que sucede en la poesía surrealista donde si  se coloca una palabra detrás de otra, a pesar de que no exista conexión semántica entre ellas, las palabras crean entre sí dependencias y oposiciones, construyendo un sentido que sólo se comprende desde lo intuitivo y lo nocturno.

Esa pitonisa oscura y díscola que fue Olga Orozco lo entendía mejor que nadie y con total irreverencia repetía en cada entrevista que consultar el tarot implicaba la disponibilidad a conmoverse con una historia sobre nosotras que reclamaba llegar a nuestros labios. Tener el coraje de decir y alojar ese relato es el problema:

“No preguntes quién es
Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro: un poema en que todo fuera ese todo y tú
algo más que ese todo”.

El problema con el tarot y la literatura es que siempre se trata de una misma, de nosotras mismas, y de nuestras valentías con el lenguaje.

Tirada Literaria

En esta oportunidad, nuestra tirada literaria nos presenta los siguientes dos arcanos: La Emperatriz y La Suma Sacerdotiza.

La Emperatriz

¿Cuáles son las formas de la subjetividad feminizada? ¿Cómo transitamos las experiencias habitando nuestros cuerpos sexuados, con sus marcas, sus historias, sus incertidumbres? La Emperatriz invita a la vivencia expansiva, a ocupar el centro de la escena con la sensualidad de la vegetación que escala paredes y se apropia de la tierra sin pedir permiso para su belleza salvaje.

No somos las musas del arte masculino, relegadas a la mirada disciplinante de lo patriarcal que nos legitima como objeto de deseo o nos rechaza. Somos las autoras de nuestro goce oscuro, creando contra toda prohibición. Cuando las muertas despertamos, dice Adrienne Rich, miramos con ojos nuevos. Es un despertar que posee realidad colectiva porque al mismo tiempo que damos lugar a nueva cultura respondemos a un acto de supervivencia. Como en ese poema de Cristina Peri Rosi en que una mujer baila en su oído, la lleva a la cama y le murmura cosas antiguas, cosas olvidadas, o que no existieron nunca, pero que ahora, al pronunciarlas, son un hecho.

Voces invitadas en cita literaria: "Las noches de Cabiria" de Claudia Masín

De noche salimos como lobas a comernos las calles
pero somos más bien un perfume, ese
que trae el viento norte en los primeros
días del verano: el que anuncia
con su aliento pesado y cálido
lo que habíamos olvidado en los meses de frío
interminables. Que hay una gracia, que hay
una elegancia en esas fiestas del pueblo
que parecen ordinarias y paganas, que hay que mirar
más de cerca para verla. En la alegría feroz,
inmotivada, de los que nacimos
para ser bestia de carga está esa gracia.
Es fácil despreciarla. Nace y crece
igual que los incendios, a partir
de una chispa insignificante. No se necesita
gran cosa y ya está ahí, imponente,
la fogata que somos cuando nos desatamos
las que hemos venido
con las patas apretadas por la soga, listas
para convertirnos en la comida de otros.
Ya es un milagro que andemos sueltas. Da espanto
a las buenas conciencias que no se pueda confiar
en que la gente permanezca en el lugar al que ha sido
destinada. A qué esa terquedad, esa vehemencia,
si es más fácil agachar la cabeza
y hacer lo que se espera de nosotras: esconderse,
salir cuando somos llamadas, desaparecer si ya
no resultamos necesarias. Y sin embargo,
qué hermoso es mostrarnos, las plumas
multicolores agitándose en el aire, el baile
que festeja todo lo que no debe
festejarse: el verdadero milagro,
que es tener un cuerpo capaz de sentir
lo mismo que el cuerpo de las santas
pero no ante un dios sino ante el simple
contacto de otras manos. El sexo
es más poderoso que una plegaria, no lo saben
los que creen que es un anzuelo a clavar en las agallas
del pez hasta sacarlo del agua
boqueando desesperado. La más
maravillosa música es la que nace
de la pobreza y la fealdad, no lo saben
los que nunca la han bailado, es como un halo
bajo el cual todo se convierte en su contrario,
la muerte misma retrocede y se le entrega mansa. Cuidado
con los que no tenemos nada: cuando no queda
nada que perder se pierde el miedo y ay, yo te aseguro
que no quisieras encontrarte
con alguien que no teme, no quisieras
mirarlo a los ojos, sostenerle la mirada.

 

Voces invitadas en escala musical: "¿De dónde salió todo eso?" de Feli Colina.

La Suma Sacerdotisa 

La sacerdotisa es todas las brujas: las de las familias, las de los barrios, las de Shakespeare, las que te dicen “yo te deseo” sin decirlo y te tocan con palabras mientras te hablan de una receta de cocina, las pitonisas, las aborteras, las que sanan y cuidan; las vengativas, las que maldicen.

Guardianas y artistas de los saberes conseguidos y arrebatados a fuerza de tenacidad, intuición y seducción. Su conocimiento permanece como misterio y como secreto a la penetración de la conciencia patriarcal. A los pies de una estatua de Isis en Sais está escrita la siguiente leyenda: “Yo soy todo lo que ha sido, es y será. Ningún hombre mortal ha sido capaz de descubrir lo que se halla bajo mi velo”. Su mensaje es el de una Artemisa, siempre lunar, que aguarda acechante.

Es el arquetipo del momento donde se piensa, se analiza, se configura un pensamiento que será disruptivo. Como en el poema de Westonia Murray en que el que habla de su propia escritura, de todo ese tiempo que estuvo bullendo en sí misma encontrando cómo ser pronunciada: “lo que pudo soportar/estar tanto tiempo al fuego/tiene que ser poderoso”.

 

Voces invitadas en cita literaria"Canto nupcial" de Susana Thénon

Me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola ¿estoy bien?
yo me hacía negar
llegué incluso a escribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban

al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería
me daba a entender
finamente
que me tenía podrida
y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
solo me había ido en sangre
entonces me dije: hola ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo
¿quiero venir a casa?
sí, dije yo
y volvimos a encontrarnos
con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junta
y ni la muerte puede separarme.

 

Voces invitadas en escala musical: "Señorita corazón" de María Gabriela Epumer.

 

Voces invitadas al decir

Audio de Cecilia Magdalena: “Perra"

Cecilia Magdalena es una poeta lesbiana. Licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Cuyo, doctoranda en Ciencias Sociales en esa misma alta casa de estudios, y becaria doctoral de CONICET. Integra el colectivo de mujeres escritoras Cuarto Creciente, y el grupo Enjambradas, un colectivo de lesbianas que leen y escriben de forma lúdica ensayos, manifiestos y otros textos díscolos sobre la disidencia sexual. Es autora de los libros “Llamada entrante” (ed. De la Cámara de Diputados de San Juan, 2019), y “Perra” (ed. animala, 2020).

Audio de La Sativa: "Poema"

La Sativa en primera persona: Soy lesbiana, triple aire, gestora cultural. Vivo en CABA. Escribo poesía.

Por Fabiana Grasselli

Fabiana Grasselli es docente de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Cuyo e investigadora del CONICET. Su temas de investigación gravitan en torno a los vínculos entre testimonio y literatura en Argentina desde una perspectiva de género y a la relación entre experiencias políticas de mujeres y lenguaje. Su gran amor, su preocupación y su pasión salvaje son las palabras y lo que ellas consiguen cuando tocan los cuerpos y la historia. El tarot la acompaña desde hace 20 años como lengua ancestral, brujeril, de herética rebeldía. Es activista feminista e integra La Malona Colectiva Feminista.

/ Fotos Leandro Fernández

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