Marcha nacional del orgullo 2021

Todxs lxs cuerpxs

Por Renzo Molini

Género La historia en lucha / 26 NOV 2021

La 30° Marcha del Orgullo LGBTIQ+, fue una fiesta de colores, música y cuerpos, pero también la oportunidad para seguir reclamando por derechos y ciudadanía para todos, todas y todes.

El sábado 6 de noviembre se realizó la 30° Marcha del Orgullo LGBTIQ+ en Buenos Aires. Fue mi segunda marcha. Tomé una ducha rápida mientras trabajaba en esa algo fría mañana de noviembre en Buenos Aires, preparé la bandera del Orgullo que el día anterior había llegado por envío directo a casa, me junté con amigxs y esperé a que mi novio llegara de su trabajo para continuar con los preparativos.

Pasado el mediodía fuimos hacia el subte cercano y abordamos. En cada parada, una ola cada vez más creciente de personas de la diversidad subía rumbo a la histórica Plaza de Mayo, cuna de los grandes movimientos sociales de nuestro país. Y sabíamos que eran de lxs nuestrxs, por esa expresión corporal que se reflejaba en ropas cortas, cuero, glitter, pintadas de uñas y caras, pelos de diferentes tonalidades, formas y colores, maquillajes deslumbrantes, etc.

¿Qué representó y representa la marcha en esa puesta en escena de los cuerpos? Fuimos ahí, a ese espacio público y político que es la Plaza, a poner el cuerpo para disputar los derechos que dan marco a una ciudadanía específica: la ciudadanía sexual.

Sin pretender hacer un análisis exhaustivo y profundo de la marcha y sus dimensiones históricas, políticas y sociales, en esta nota quiero reflexionar partiendo de la idea de que nuestros cuerpos de la diversidad no son un cuerpo cualquiera. Esto, desde el sentido de que todo reclamo en términos de construcción de ciudadanía ha llevado en cierto punto a ciertos actores sociales a “poner el cuerpo”, con diferentes recursos y formas, y estos constituyen uno muy específico, ubicado política y epistemológicamente como contrario a lo que se ha denominado la “heteronorma”.

Nuestro cuerpo de la diversidad, con todas sus dimensiones y variables, es un cuerpo político que irrumpe históricamente y moldea formas diferentes de reclamos de ciudadanía, cuestiona epistemológicamente la construcción del binarismo sexual, amplía la performance del reclamo político y disputa modelos de ser-en-el-mundo (para usar un término de Pablo Wrigth), junto con modelos de producción de derechos a partir de la construcción social y cultural de los cuerpos.

Años 70’, pero también antes y después

Si bien las prácticas sexuales de la diversidad sexual han existido en toda la historia de la humanidad, ha sido a partir de los años 70’ que tomaron dimensión en términos de reclamos de derechos y, con ellos, de ciudadanía, con el objetivo de cuestionar los discursos hetero-normados que se constituían sobre las familias y le ciudadanx.

Esos discursos hegemónicos tienen una profunda raíz en lo que la crítica feminista comenzó a analizar desde fines de los años 60’ y principios de los 70’: la construcción del pensamiento occidental como un pensamiento de tipo binario, que separaba los órdenes pertenecientes a la realidad de las mujeres y los hombres

Esta crítica a la división binaria en base al sexo, partía desde otra que se orientaba sobre la relación dicotómica proyectada entre la naturaleza y la cultura. En otras palabras, se criticaba que la modernidad occidental se construyó en base a la división entre la existencia de un orden de lo dado, perteneciente a lo natural y, por ende a la naturaleza, y un orden de lo construido, cuya pertenencia se relacionaba con lo social y lo cultural.

Para el pensamiento feminista, estas dicotomías de la modernidad eran las que habían construido la diferencia sexual, profundizado las desigualdades sociales basadas en el sexo, incluyendo en la categoría de naturaleza elementos que se asociaron a la mujer, y en la categoría de cultura, elementos asociados al hombre.

Hacia mediados de los años 70’ comenzó a usarse con cada vez más fuerza, sobre todo en los ámbitos académicos anglosajones, la categoría de género, la cual también puede rastrearse hasta los planteos de Simone de Beauvoir. Tal como dice Marta Lamas (2013), sobre Beauvoir: “desarrolla una aguda formulación sobre el género en donde plantea que las características humanas consideradas como ‘femeninas’ son adquiridas por las mujeres mediante un complejo proceso individual y social, en vez de derivarse ‘naturalmente’ de su sexo” [1]

Para la teoría feminista, el género como categoría de análisis muestra que son las disposiciones sociales y culturales, y no las naturales o biológicas, las que establecen las prescripciones de lo propio en cada sujeto en relación a su sexo. Pero no explican todo simplemente por lo social, sino que “el género es una construcción simbólica, establecida sobre los datos biológicos de la diferencia sexual” [2] (Ibidem; 12).

Esta categoría usada inicialmente en psicología y psiquiatría para analizar las formas en que se construye la identidad de género, pasó a la antropología y la filosofía primero, y la historia y otras ciencias, después [3]

La propuesta analítica presentada por la antropóloga Gayle Rubin a mediados de los 70’, planteó el despegue de la categoría de género en las ciencias sociales, a través de su texto El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo. En el mismo abordó las propuestas de autores como Marx y Engels, Morgan y Levi-Strauss, Freud y Lacan, para discutir las divisiones sexuales y las consecuencias que genera sobre las relaciones sociales entre las y los individuos.

Su propuesta la presenta como el sistema sexo-género, el cual da cuenta de cómo las sociedades transforman las sexualidades biológicas según arreglos culturales, edificando un conjunto de normas sociales habilitadas para cada sexo humano moldeado por la intervención social. En esta interacción, las sociedades han creado normas específicas y diferenciadas de intervención sobre los cuerpos. De esta forma, Gayle Rubin incluyó en su propuesta teórica las dimensiones de las relaciones de poder, que generan formas de opresión y resistencia.

Y han sido esas normas específicas de intervención sobre los cuerpos, las que se han visibilizado en los procesos históricos del acercamiento al derecho, a la ciudadanía, al Estado y sus instituciones, en tanto han tendido a moldear los cuerpos sobre la base de la heteronormatividad. 

Y por eso es que nuestra marcha, la marcha de quienes no estamos en esa heteronorma, es tan colorida. Por eso irrumpe con la expresión y la performance de los cuerpos, para mostrar que nuestra dimensión política no puede ser sin el cuerpo, y que toda ciudadanía que nos incluya y nos respete no puede "ser", sin ser también ciudadanía sexual

Y no puede ser de otra manera, porque esta se constituye como “aquella que enuncia y garantiza el acceso efectivo de ciudadanos y ciudadanas tanto al ejercicio de derechos sexuales y derechos reproductivos como a una subjetividad política no menguada por desigualdades fundadas en características asociadas al sexo, el género, la sexualidad y la reproducción” [4] (Maffía, 2001).

Hacer frente

Si las instituciones moldean día a día los cuerpos ciudadanos, con sus economías morales enfocadas sobre los mismos, y proyectan hacia afuera rasgos que legitiman o no los procesos de construcción de identidad, ciudadanía y ejercicio de derechos, no se constituyen como espacios neutros. Son políticos, en toda su dimensión.

Frente a ellas y sus modelos normativos, la calle, la marcha y sus cuerpos se exponen para hacer carne los reclamos por políticas que aborden la diversidad de los cuerpos sin la mirada hetero-normada vinculada a la sexualidad.

Porque siempre estuvimos afuera del reconocimiento de derechos, llegó la hora de profundizar la lucha por la inclusión en momentos donde los discursos de derecha parecen renacer en el sur del continente (Kast en Chile, Milei y Gómez Centurión en Argentina) y lo hacemos con los colores, con las múltiples formas corporales, con los cuerpos trans tan invisibilizados, al igual que los no binarios, con las mujeres lesbianas y los hombres gays. 

Disputemos ciudadanía y derechos, con la alegría de saber que no somos más un cuerpo ausente. Decimos presente por quienes nos antecedieron en tanta lucha colectiva y por quienes no están.

Somos comunidad, somos orgullo, somos lucha. 

 

Foto portada - MAFIA (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs)

Referencias

  1. LAMAS, Marta. Introducción (2013) [1996] El Género. La construcción cultural de la diferencia sexual. PP9

  2. LAMAS, Marta. Introducción (2013) [1996] El Género. La construcción cultural de la diferencia sexual. PP12

  3. Una de las precursoras fue Margaret Mead quien, en su libro Sexo y temperamento en las sociedades primitivas de 1935, planteaba que los conceptos de género eran culturales y no biológicos. Pero en los años 30’, 40’ y 50’, el biologicismo seguía marcando la óptica con la que se miraba las relaciones sociales entre los individuos en relación a su sexo/género.

  4. MAFFIA, Diana (2001) Ciudadanía sexual. Aspectos personales, legales y políticos de los derechos reproductivos como derechos humanos. Feminiaria, Año XIV, N°26/27, Feminiaria, Buenos Aires. Citada por Cabral, Mauro (2003) Ciudadanía (trans) sexual. Artículo sobre Tesis Premiada. Proyecto sexualidades, salud y derechos humanos en América Latina

Por Renzo Molini

Profesor de Historia, maestrando en antropología. Apasionado por Latinoamérica, sus colores, olores y sabores. Ha trabajado temáticas de juventud, educación crítica, inclusión social, los Derechos Humanos, y la cultura popular y latinoamericana. Actualmente, temas de Salud, VIH e ITS. Admirador de Paulo Freire y Salvador Allende. Hincha de River. Tiene un gato, llamado Neko. Cuando era chico, quería ser presidente. Ahora solo trata de aportar algo al mundo.

Trabaja para la Universidad Nacional de Cuyo y es parte del Programa de Salud y Ciencias Sociales de FLACSO-Argentina. Coordina la Diplomatura de Posgrado en VIH e ITS con perspectiva en Salud Integral y Derechos Humanos, un programa de formación entre la UNCuyo y FLACSO-Argentina, con el apoyo de ONUSIDA y UNFPA.

 

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